UNA GUERRA ENTRE HERMANOS
ALFONSO GAMARRA DURANA
Socio Correspondiente de la Sociedad Geográfica y de Historia "Sucre"
Tomado de su libro "En el caos del espíritu", Editora Andina, Oruro. 2009

Hubo una guerra del Norte del país contra el Sur para implantar la idea del federalismo en el gobierno. Los constitucionalistas con su ejército avanzaron en el altiplano, sabedores de que los indígenas aimaras los esperaban con gran contingente. Jóvenes idealistas, los sureños marcharon sin temor. Su valor y sus mejores armas nivelarían las fuerzas en el campo de batalla.

Se cuenta que la víspera de su llegada al Segundo Crucero fueron sorprendidos por un fenómeno natural. Una nube grande y de color sanguinolento apareció sobre sus cabezas y, con el tiempo, crecía rápidamente, adoptando una forma sobrecogedora de un decápodo que se movía. Los comandantes tomaron esa manifestación del cielo como un simple fenómeno meteorológico. La cambiante luz vespertina le había concedido el color asalmonado, explicaron, y no era el deslizamiento de un presagio en el firmamento ni una magnífica refracción de las huestes enemigas que concentraban sus filas en un centro desde varios puntos como patas de un animal fabuloso. Sirvió para enajenar a las huestes juveniles. Ni pensaron que tal vez las tropas de los coroneles del Norte, sus adversarios, pensaban lo mismo. Ciñeron sus correajes y aceleraron el paso en busca de la batalla del día siguiente.

Había sido una marcha forzada para ellos. Sus animales se fatigaron antes de lo esperado, tal vez por el enrarecimiento del aire al dejar los valles y alcanzar niveles más altos; escaseaba la comida, lo mismo que el agua; los pobladores nativos habían desaparecido pues no querían colaborarles. El presidente de la República avanzaba con ellos y era quien más animoso se mostraba. La razón delegó sus conclusiones a las sensaciones cuando el signo apareció en el firmamento. Lo desconocido determinó visiones y los presentimientos formaron los espectros que, con groseros gestos, cambiaron la piel humana por hoja que hendieron fácilmente con un pavor ceniciento.

El desasosiego caminaba en silencio metido en el aire de la noche oscura. Sabían que los indígenas hacían invocaciones con humos y estrafalarios muñecos de paja. En las llamas ardían éstos, vaticinando la quemazón de cuerpos.
La extenuación no era la causa suficiente. Había una sensación inexplicable que entumecía el movimiento respiratorio del tórax. Es que la pavorosa nube convertida en masa de brea comunicaba al aire un lastre insospechado que hundía a los caminantes, como si el peso de cien mil ídolos de piedra buscara sólo el pecho de los enfilados. Cuando el amanecer anunció esperanzas, el cielo estaba libre de nubes pero conservaba un matiz granate como si la desgracia tuviera escogido ese color que se pasa de ser sangre.
Los jinetes de vanguardia retornaron al galope agitando sombreros o pañoletas. Era la señal convenida de que habían avistado las posiciones contrarias. Aunque los gritos ansiosos de victoria fueron unánimes y entusiastas no fue tan impulsivo como para desordenar las filas.

No era la pluralidad la que recordaba el rastro siniestro del firmamento que en el día anterior persistió en ser anuncio. Sólo algunos, para no quebrantar sus espíritus con las sombras de sospechas, para olvidar las idolatrías, desde siglos resguardadas, rezaron por lo bajo, con una oración que iba al ritmo de tambores, y tan parejos estaban con el clima que eran témpanos caminando en dos piernas.
Recibieron las órdenes para desplazarse. Un contingente se desprendió del grueso para ingresar en un terreno extenso cubierto por alta paja-brava. Les advirtieron de guardar silencio, bajar las cabezas, no pararse ni un segundo, apurar porque las sorpresas son efectivas cuando penetran velozmente en las filas enemigas. De repente un silbido, primero, suave, salió de la punta de esos vegetales secos, y, luego, ascendió perpendicularmente un zumbido. Los soldados creyeron ver que unas líneas de pentagrama en conformación helicoidal subían. Cinco líneas gruesas, paralelas entre sí, se alzaron arrastrando el sonido en un girar que tomaba mayor velocidad. Luego el círculo movedizo se oscureció porque levantaba pedazos grandes de tierra. Los soldados, petrificados, no intentaron correr por temor a ser descubiertos, y eso permitió que fueran tomados indefensos en el centro del vórtice. Apareció un ruido, espantoso y ronco, castigante y colérico, como la voz de los siglos saliendo del centro de la tierra. Un eco inconcluso de un verdugo que en lugar del hachazo quería diluir los sesos con el puntiforme ruido que entra por los oídos, un repetir de agonías que llegaba con el zigzag del viento para rotar en un tornado.

Los foráneos hombres llegaron a la meseta, plagada de distancias, sintieron que de verdad, errante e insumiso, vive un dios indio dispersado en los vientos.
Cuando el ventarrón pasó, muchos de ellos cayeron al suelo golpeándose violentamente. Deshilachadas sus ropas, llenos sus ojos de polvo grueso y caminantes a los tumbos, restañaron sus magulladuras. Y no pudieron llegar a la cita del combate; exactamente como quiso la resolución irrevocable del fatalista espacio. Los norteños vencedores, después de la batalla, pudieron aspirar el aire calmo que recorre la tierra desde las más viejas edades.