Apuntes acerca de los fundamentos, geográficos, culturales, políticos y económicos que explican la constitución de la nación boliviana. Discurso pronunciado por Joaquín Loayza Valda en la sesión de honor conmemorativa al CLXXXV aniversario de la fundación de la República de Bolivia.

 

Las importantes contribuciones de la arqueología, la antropología y la historia modernas al conocimiento de la historia universal, apoyadas por disciplinas científicas auxiliares ahora imprescindibles como la filología y la genética; están obligando a la humanidad no sólo a reinterpretar y enmendar su pasado conocido o a conocer hechos y acontecimientos insospechados, sino, están abriendo las puertas a una inexorable restauración de la razón. Si bien esta renovación cognoscitiva trasciende y trascenderá todos los aspectos de la vida del hombre en sociedad y en su relación con la naturaleza, existen conceptos que por diversas circunstancias, entre otras su innegable actualidad política, merecen una especial atención. Uno de aquellos conceptos tiene que ver con lo que se entiende o debería entenderse por nación.

Se ha afirmado que la nación es una comunidad humana asentada en un territorio, con una conciencia común de identidad lingüística, étnica, religiosa, histórica y cultural. Este concepto, que acepta una acepción política y otra estrictamente cultural, que ha asistido al desarrollo de las ciencias sociales y jurídicas desde la antigüedad, posee dos características esenciales que no pueden olvidarse al tiempo de considerarse el análisis de una sociedad en un tiempo y lugar concretos: una es su relatividad y otra su naturaleza dialéctica. La primera tiene que ver con la modificación constante de los elementos que la constituyen: lengua, raza, religión, historia y cultura, circunstancia que posibilita afirmar que una nación no concluye de construirse nunca. La segunda, en cambio, tiene que ver con el proceso de realización de aquellas modificaciones, especialmente con la transformación de aquella conciencia común que se manifiesta de manera tangible e intangible en los elementos antes citados y que se desarrolla desde su primigenia realización hacia la sublimación de sus más altos valores civiles y culturales, los que, por efecto de sus propias contradicciones o por el impacto de la asimilación de los generados por otras sociedades también en movimiento, se envilecen cuando son incapaces de responder a las necesidades de momentos superiores, para sublimarse nuevamente hacia nuevas realizaciones a través de un proceso constante de creación, envilecimiento y sublimación hacia formas cada vez más superiores de organización política, cultural, económica y social.

Sobre la base de este razonamiento y considerando todo lo afirmado acerca de nuestra nacionalidad: que sobrevive sostenida en un absurdo geográfico, como se animó a sugerir cierto intelectual español al comenzar el siglo XX; que es una nación inconclusa, como expresan ciertas tesis elaboradas por la izquierda ácrata hoy de moda y vigencia; o que no es una nación, sino, un conjunto de naciones que conviven sobre relaciones de colonialismo interno, como vienen a sostener hoy los partidarios del nacionalismo étnico; ensayaré algunas reflexiones que apuntan a explicar dos aspectos: por qué nuestros antepasados, al concluir la Guerra de la Independencia, eligieron organizar un Estado nacional, republicano, democrático e independiente de sus antiguas relaciones políticas con los Virreinatos del Perú y del Río de la Plata y, al mismo tiempo, esbozar los fundamentos que permitan demostrar la existencia de la nación Boliviana.

Conviene afirmar que Bolivia es una realidad geográfica diferente a las que configuran los países que limitan con ella y, aunque puede alegarse que comparte regiones geográficas y ecológicas con sus vecinos, como la amazonía, el chaco o la cordillera de los andes, no debe quedar duda que todas ellas armonizan de manera específica y particular en este espacio geográfico. En efecto, el territorio de Bolivia, constituido por la meseta altiplánica, las cordilleras real y oriental en las que se bifurca la cordillera de los andes a su ingreso austral o meridional a nuestro territorio, la selva amazónica y los llanos de moxos, chiquitos y del chaco, que como entidades simplemente geológicas parecen no explicarnos nada o casi nada, cobran toda su vitalidad geográfica y ecológica y, por tanto humana, cuando las relacionamos con la gran divisoria hidrográfica sudamericana que, cortando en dos porciones nuestro territorio, desde Challapata hasta los nacientes de los ríos Paraguay y el Iténez; evidencian el nacimiento de los dos sistemas hidrográficos más importantes de Sudamérica: el Amazonas y el Plata, a los que confluyen innumerables ríos de todo caudal, durante todo el holoceno, cortando la cordillera oriental en milenarios farellones y valles, llevando no sólo el agua hasta el océano invisible, sino, los sedimentos que cobran a las montañas para entregarlos a las llanuras y selvas aguas abajo y posibilitar el ascenso y descenso de cardúmenes, la diversificación de la flora y las migraciones de aves y mamíferos, entre ellos, el ser humano. Incluso, la prolongación de la aridez del desierto de Lípez hacia la costa del Pacífico, en toda su magnitud natural y humana, se explica con coherencia en este entramado geográfico y ecológico que define al territorio de Bolivia.

Aunque se posee evidencia arqueológica de la existencia del ser humano desde hace aproximadamente seis mil años en el territorio antes descrito, el estado actual de la investigación científica no puede precisar aún quienes fueron aquellos hombres, cuáles las rutas de acceso que utilizaron, si tienen relación genética con los grupos humanos que atravesaron desde Siberia por Beringia hacia Clovis, Norteamérica, hace once mil años o con los que llegaron por Oceanía a través de Monte Verde, Chile, hace doce mil años. Lo que sí se conoce con sustento arqueológico, antropológico y, para los casos menos antiguos, también histórico, es que el espacio geográfico boliviano, debido principalmente a los drásticos cambios climáticos operados en el planeta durante el holoceno, que incidieron en la realización de sequías prolongadas, intensas precipitaciones pluviales, inestabilidad en los sistemas hídricos, aparición y desaparición de praderas, bosques y desiertos la actividad demográfica se caracterizó por intensos desplazamientos migratorios, coincidentes con el tránsito de las agrupaciones humanas de la caza y recolección al pastoreo, de éste a la agricultura y, gradualmente primero y con la llegada de los europeos con inusitada intensidad, a la minería y otras industrias.

Al respecto, está demostrada la existencia de cinco procesos de ocupación demográfica del actual territorio de Bolivia de las que se tiene noticia arqueológica, antropológica e histórica.

La primera es la migración arawak, un conglomerado humano de identidad fundamentalmente lingüística, que extendió su presencia en casi la totalidad de Sudamérica y que se diseminó por todo el espacio geográfico actualmente boliviano. Las evidencias de sus realizaciones culturales materiales se encuentran especialmente en el oriente, en los monumentos de Samaipata y en la denominada cultura hidráulica de Moxos. Sin embargo, algunas investigaciones, como las realizadas por Posnansky, aseguran la existencia de importantes vestigios arqueológicos de procedencia arawak en el altiplano, principalmente en la zona lacustre y en las primeras edificaciones de Tiuwanacu, y establecen que la evidencia antropológica no sólo se advierte en los llanos tropicales, sino, en los valles y en ciertas regiones periféricas del altiplano. De hecho, para el autor citado, los urus, los chipayas y otros grupos étnicos que habitaron la costa del Pacífico son de indudable procedencia arawak.

El segundo proceso migratorio se produjo entre los siglos XI y XII de nuestra era, quizá como consecuencia del inicio de la denominada pequeña edad de hielo, un episodio climático que enfrió nuestro planeta hasta la primera mitad del siglo XIX. Este desplazamiento migratorio se refiere a la llegada de los aimaras, procedentes de Copiapó, Chile, para ocupar todo el altiplano, las costas del Pacífico y parte de los valles. Las evidencias arqueológicas y antropológicas de su aporte cultural son de notable importancia, principalmente en la zona lacustre del altiplano y en los valles interandinos.

La tercera migración, acaecida en el siglo XIV de nuestra era, corresponde a la conquista inca de todo el altiplano, los valles y algunos espacios de los llanos orientales. La importancia de la presencia de los incas en el espacio geográfico boliviano se destaca no sólo por la evidencia arqueológica y antropológica de su cultura material, como la construcción de edificios civiles, religiosos y militares, vías de comunicación, centros de acopio de productos agrícolas, etcétera, sino, porque dejaron importante evidencia de sus realizaciones políticas, jurídicas y sociales y, principalmente, legaron su lengua, el quechua, como instrumento de comunicación general para los pueblos asentados en el occidente de nuestra república. Asimismo, debe destacarse que sus propósitos expansionistas y defensivos, principalmente relacionados a su confrontación con los chiriguanos, propició el traslado obligatorio al territorio que hoy ocupa Bolivia, a título de tributo de guerra, de importantes masas humanas, guerreros o mitimaes, procedentes del Ecuador, Perú y el altiplano Boliviano.

La cuarta migración, producida también alrededor del siglo XIV, casi paralelamente a la conquista inca, es la relacionada con la ocupación de los chiriguanos, de origen guaraní, del chaco y la región suroriental de los valles. Aunque no está establecido con plena precisión, se posee evidencia en sentido que los chiriguanos llegaron a nuestro territorio por dos posibles accesos: primero, por el sur del Brasil y, luego, subiendo el río Pilcomayo desde el Paraguay. La llegada de los chiriguanos al Chaco supuso el desplazamiento de los pueblos arawak, principalmente chané, o su dominación y mestizaje. Por otra parte, su rápido despliegue por las montañas de los valles estableció una frontera de conflicto con los incas, que luego fue heredada por los conquistadores españoles y el Estado nacional boliviano hasta su derrota en la masacre de Kuruyuki en enero de 1892.

La quinta ola migratoria y de ocupación demográfica se realizó al comenzar el siglo XVI, cuando los conquistadores españoles, conducidos por Hernando Pizarro, en alianza con Pawllu Inca y su ejército de mitimaes, sometieron al Kollasuyo estableciendo las bases para la dominación colonial de la monarquía española en todo el territorio de la Real Audiencia de Charcas, hoy Bolivia.

Como puede inferirse, estos cinco momentos de movilidad demográfica acaecidos en el espacio geográfico que hoy ocupa la nación boliviana, promovieron un vasto y complicado proceso de mestizaje que implicó, primero, un intercambio genético, cultural y social entre los pueblos indoamericanos prehispánicos antes mencionados y, luego, con los conquistadores españoles que, de suyo, emergieron también de otro proceso de mestizaje complejo que incluía el intercambio genético y cultural establecido por el aporte íbero, celta, fenicio, judío, griego, cartaginés, romano, visigodo y musulmán que, como se sabe, constituyen el fundamento económico, político, cultural y social de la hispanidad.

Pero, este proceso de ocupación demográfica del espacio geográfico boliviano no se contuvo en los límites biológicos del mestizaje, todo lo contrario, él se constituyó en el escenario de trascendentales transformaciones tangibles e intangibles que propiciaron el desarrollo de una conciencia común de identidad imprescindible para el desarrollo de nuestra nacionalidad y, dialécticamente, también para el despliegue de nuestro sentido de pertenencia a la cultura universal.

Como aconteció con el desarrollo de todas las civilizaciones que configuran la humanidad, la ocupación demográfica del espacio geográfico boliviano y las interrelaciones migratorias que acaecieron en él, produjeron, al menos, las siguientes transformaciones: primero, la evolución de las sociedades gentilicias hacia las instituciones del Estado incaico, las que fueron sustituidas por el Estado monárquico colonial y, finalmente, transitaron hacia la organización del Estado nacional, republicano y democrático; segundo, el desarrollo de la economía comunitaria de subsistencia hacia el cambio simple, el que propició el modo de acumulación originaria de capital y evolucionó hacia el modo de producción capitalista; y, tercero, la generación de una conciencia de pertenencia nacional que, partiendo del comunitarismo prehispánico, se desplegó hacia las formas de realización individual y social sostenidas por la escolástica colonial para sublimarse en la vigencia plena de la libertad civil.

Sobre la base de todo lo afirmado y retomando los párrafos iniciales de este texto ¿Es correcto sostener que Bolivia es una absurdo geográfico? ¿Qué es una nación inconclusa? ¿Qué es un Estado plurinacional? Aún más ¿Qué Bolivia nació al abrigo del capricho de los arrogantes doctores de Charcas? La respuesta probablemente tiene relación con una última interrogante ¿Poseía la sociedad charqueña de los últimos días coloniales una conciencia común de identidad con su territorio, su lengua y su procedencia étnica, religiosa, histórica y cultural que le sirvió de sustento para organizar un Estado nacional republicano, democrático e independiente de Lima y Buenos Aires? Un cúmulo de documentos que han sobrevivido impresos o manuscritos a la consideración de nuestra opinión, como las crónicas de Antonio de la Calancha, Pedro Ramírez del Águila y Bartolomé Arzans, entre otros, así como el Diálogo entre Atahuallpa y Fernando VII, escrito por Monteagudo; la Proclama de la ciudad de La Plata a los valerosos habitantes de La Paz, el Plan de Gobierno de la Junta Tuitiva, la carta de Manuel Ascencio Padilla al general Rondeau y el Acta de la Independencia de nuestra patria, que encarnan la inspiración de nuestras más fecundas tradiciones, nos transmiten la convicción que los charqueños o altoperuanos de las postrimerías de la dominación colonial española poseían una alta conciencia de identidad e independencia nacional.

Bajo este sustento, fue suficiente la concurrencia de uno solo de los doctores de Charcas, don Casimiro Olañeta, para que convenciera al Mariscal de Ayacucho de la necesidad de organizar a la Audiencia de Charcas, una realidad nacional, territorial, política y culturalmente diferente al Perú y la Argentina, en un Estado nacional republicano y democrático. Como se conoce, el Mariscal Sucre, a pesar de la expresa oposición del libertador Bolívar, convocó, a través del Decreto de 9 de febrero de 1825, a las provincias del Alto Perú para que, reunidas en una Asamblea General Deliberante, determinen soberanamente el futuro político que mejor correspondiera a sus intereses. Esta Asamblea, reunida el 6 de agosto de 1825 en la ciudad de La Plata determino, conforme a la realización de sus tradiciones de identidad nacional más evidentes y a sus objetivos políticos y económicos concretos del momento, su organización como un Estado nacional, republicano y democrático, cuyo CLXXXV aniversario celebramos en esta oportunidad.

Sucre, 4 de agosto de 2010.