Breve filosofía de la independencia

EL DÍA MEMORABLE DE LA LIBERTAD

ALFONSO GAMARRA DURANA
Miembro de la Real Academia de la Lengua,
Miembro de la Sociedad Boliviana de Historia.
Socio Correspondiente Sociedad Geográfica y de Historia "Sucre"

Se abría un nuevo espacio, que nadie conocía. Los ejércitos libertadores habían empujado a los españoles hasta sus últimos y mínimos reductos, y entonces la idea de Bolívar ocupó los vacíos existentes. Este espacio era la libertad, pero todavía estaba mínimamente practicado por los habitantes de Sudamérica. El Gran Mariscal de Ayacucho, al ingresar a Charcas, firmó el famoso decreto del 9 de febrero de 1825, para que se reunieran los representantes del Alto Perú. Se suponía que los asistentes a dicho cónclave debían de tener ideas sobre una vida social organizada prístinamente, porque antes se había vivido con leyes ibéricas solamente.

En la actualidad hay personas que escriben irracionalmente, poniendo máculas en el comportamiento de los diputados que formarían la nueva república. La historiografía se pregunta si aquéllos tuvieron diseños alternativos, porque no es posible pensar que se reunieron y a la rápida resolvieron el futuro, y que, gozando de la libertad, hubieran podido obtener resultados por el airoso manejo de la misma. Las posiciones que se deberían adoptar eran fundamentales, especialmente en la forma de gobierno que se constituiría; en decidir el abandonar la dependencia –y la fuerte presión– que venía del Río de la Plata y de Lima; y en crear y nominar las instituciones que debían existir con un nuevo régimen.
Imaginamos que lidiaron con dos abstracciones importantes. Por un lado, la tutela de las tropas extranjeras; y por otro, la sociedad que a través de ellos, emitían sus opiniones. Esta última se hacía presente con las cláusulas del mencionado decreto, donde el Mariscal Sucre había estipulado las cualidades que debían tener los diputados, y las características de los locales de reunión y las disposiciones para el correcto y libre intercambio de opiniones. Se dieron tiempo, además, para tratar asuntos prácticos cuando ya decidieron sobre la suerte de estas provincias; y que, contrariamente a lo que se cree, fueron secundarios a los trascendentales motivos políticos de la asamblea.

Los individuos nombrados eran de procedencia distinta, de orígenes lejanos, mas con un propósito común. Los debates no han quedado tan bien documentados como la posteridad hubiera deseado, pero en los atestados finales se conocen las disquisiciones posibles que se produjeron. Eran 48 los diputados, y solamente José Miguel Lanza y José Ballivián representaban la epopeya de los guerrilleros y la voluntad del pueblo que buscaba la libertad.
El 10 de julio comenzaron las reuniones en la ciudad de Chuquisaca; la mayoría de los delegados tenía el grado doctoral de la Universidad de San Francisco Xavier; y desde el comienzo quería cada uno impresionar a la Asamblea con sus conocimientos superiores y sus más intensos sentimientos patrióticos.

Estaba todavía en el recuerdo fresco de los pueblos el abandono que había sufrido Charcas por parte de las Provincias Unidas durante la guerra, los mínimos resultados bélicos que habían tenido los Ejércitos Auxiliares del Sur, y el mal proceder de ellos frente a los habitantes naturales. Por esta razón Casimiro Olañeta pidió sin miramientos la separación de la Argentina, moción que abrumadoramente fue aplaudida. Otro grupo, minoritario, se oponía a la separación del Bajo Perú, porque las provincias aisladamente “carecían de virtudes políticas, verdadero patriotismo, espíritu cívico, y elementos de seguridad”, ninguno se atrevió a negar la herencia connatural existente.
Las teorías sociales y políticas sobre las masas aún no se conocían, y los encargados manifestaron sus ideas respecto a encontrar autonomías frente a los otros países y evitar el recargar la balanza del poderío en desacuerdo con ideas continentales. Debieron considerar que en la batalla de Ayacucho intervinieron los insurgentes venezolanos, colombianos, ecuatorianos, peruanos, chilenos y argentinos, como si hubieran querido demostrar que el sueño inmaculado de los libertadores era posible; pues uniendo sus esfuerzos, finalmente, lograron su propósito, la libertad.

Y cuando los representantes del Alto Perú fueron convocados para alinear proyectos, se dieron cuenta que la unidad de los pueblos era la cristalización de las ansias de libertad. Los sueños de Bolívar, en la Carta de Jamaica, en tiempos pasados, se hacían realidad, aunque él deseaba unir todos los pueblos en una sola y grande Nación, a los altoperuanos les llegaría, cernida la idea, de que la libertad permitiría una nueva patria, con objetivos y fines particulares, basada en la unión que preconizaba el Libertador. Iluminaban su pensamiento los dos pilares del acontecimiento humano, que eran unión y libertad.
La primera, no podía conseguirse con discursos ni alegatos patrióticos, sino por efectos sensibles que nacieran en lo íntimo de los individuos, y se evacuaran al exterior por la dinámica de una gran variedad de esfuerzos bien dirigidos. Los representantes pasaron muchos días exponiendo sus puntos de vista para formar la nación libre, y no dedicándose al empleo de la oratoria vacía para satisfacer su ego ante los demás. Tal vez se formaría algo deleznable, por la aparición de un aislamiento de sus territorios desde los momentos iniciales; sin relaciones diplomáticas no serían el eje de un continente, sino el puente frágil entre las dos potencias futuras del Bajo Perú y la Argentina. La unión de los incipientes pueblos podía hacer germinar un sistema legal para consolidar sus principios de existencia.
José Ignacio Sanjinés, secretario de la asamblea, –y futuro escritor de la letra del Himno Nacional– pensaba en una nación independiente, con el razonamiento visionario de que si las provincias altoperuanas se unieran a uno de los vecinos, sería, años después, imposible separarse de esa anexión. Se percibía fácilmente que era éste un problema vidrioso de importancia continental. Tampoco se aceptaba hacer experimentos de separación o adosamiento cuando se cambiaran las circunstancias en un tiempo venidero.

La reflexión política del momento era guiada por José María Serrano, no obstante la procedencia dispar de los individuos, los que habrían empleado la lógica en el marco de la independencia. Como su manifestación final nos instruye, en la Declaratoria de la Independencia, su anhelo era alcanzar los extremos de la libertad, para evitar la amenaza estatal, invariable en las sociedades, que tanto preocupaba al Libertador: la aparición de la anarquía.
Cambiar la realidad dependiente por otra libre, era para borrar los errores del pasado. Entre ellos estaban las falacias establecidas por los iberos, que pertenecían a un pretérito oscuro, y las fallas que podrían sobrevenir, si la ignorancia se deslizaba en las normativas, cuando viviendo el presente no se estudiaba el pasado. Toda América estaba preocupada por llenar los vacíos de poder dejados por la Colonia, y los asambleístas no tenían que perder de vista las formas de autoridad que debían constituirse cuando existía la amenaza de un proceloso mar de deseos compulsivos de dominar a otros seres.

Ya Simón Bolívar, en sus planteamientos sobre las constituciones, había preconizado que lo esencial era contar con las normas y los medios para las aplicaciones pragmáticas. El significado era delinear las condiciones del funcionamiento de una entelequia, evitando los liderazgos inficionados y amputando los enfrentamientos hostiles, para buscar permanentemente los valores igualitarios porque, en todas las épocas de la historia, las masas que están motivadas políticamente concentran sus demandas no en la igualdad social sino en el conformismo material individual. Bolívar pensaba en instituciones libres, sometidas a las decisiones del poder legislativo, incluso el ejército. Los representantes en Chuquisaca, planearían libertades individuales, pero Bolívar cavilaba en los valores humanistas, que encarnaban la justicia, la fraternidad y la igualdad.
Estos constituyentes estaban obligados a pensar en una sociedad que aplicase los conceptos más elevados de democracia, el derecho de autodeterminación de los pueblos, una sociedad que no tuviera el miedo y la presión para manipular a los congéneres. Una república con ideales afines, justa en sus determinaciones y eficaz en la aplicación de sus leyes sociales que espontáneamente se fueran formando de acuerdo con las alternativas nacientes en el devenir de las instituciones.

El Mariscal Sucre al firmar el decreto del 9 de febrero pensaría que la libertad no es un concepto poético o subjetivo, pues se apoya en la realidad, en un hecho tangible que surge de la relación de unos hombres con sus vecinos, y unos pueblos con otros; la falta de esta estabilidad impide la plasmación de la libertad. “Este hombre prodigioso, este segundo Bolívar, que habló de los pueblos con acciones dignas de alto reconocimiento brilló más en ese día, que en sus expediciones bélicas y se presentó más grande que fijando la suerte del nuevo mundo en el campo de Ayacucho”. (Gaceta de Chuquisaca, 30 julio 1825)

Los Asambleístas actuaron preparando la formación social en un país todavía inexistente, y queriendo apurar la llegada de una estructuración política que sería la definitiva. No se pensó en otra cosa que en la planificación centralizada en un poder ejecutivo, alejándose plenamente de la alternativa negativa de una monarquía. Se buscaba el mejor funcionamiento de un gobierno de entidades cercanas dentro de lo administrativo, y que pudieran permitir la libre interacción de los individuos. En la Constitución Bolivariana se pergeñaba una sociedad perfecta, sin calcular resultados, pero asegurando la bondad del procedimiento involucrado. La Asamblea, cuya obligación era constituir un Estado y no fijar los límites geográficos de un país –obra que hubiera necesitado más de la ciencia– tenía, por el contrario, que señalar las pautas de un proceso, y por eso especificó que la ley ejerce el presente y el futuro del bien público. Los gobiernos no funcionan con tesis científicas, porque si parten de un concepto de autoridad luego se desbandan de acuerdo con el objeto de sus investigaciones. La política intenta en cambio dar bienestar humano, y por eso los políticos nada planifican científicamente, sino que sobre un plan de Estado buscan amplitud para la libertad. Los conceptos económicos significan la máxima superposición de utilidades individuales, que aparecen cuando los conceptos colectivos se han acostumbrado en un Estado.

Los asambleístas coincidieron en formar un Estado productor de derechos y un Estado protector de bienes públicos. Las distintas clases sociales del territorio obligaban a ejecutar leyes en estas dos direcciones, porque si no se las atendía, la igualdad sufriría dentro de la estructura social.
La comisión designada para escribir la Declaración de la Independencia estuvo integrada por Serrano, Olañeta, Urcullu y José María Dalence, de Chuquisaca; Mariano Centeno, de Cochabamba; el Vicepresidente José María Mendizábal y José María Asín, de La Paz. Todos ellos se habían graduado en la Universidad de San Francisco Xavier.
El sábado 6 de agosto en el prodigioso salón de asambleas de la Universidad chuquisaqueña fue declarada una nación independiente y soberana. En las frases ampulosas se imprimieron las emociones sentimentales del momento, que querían retratarse en el Acta de la Independencia, porque se creaban como el producto de diez y seis largos años de revolución; desde los discursos fogosos de los estudiosos de los claustros de Chuquisaca en 1809; los alzamientos, ya razonados, en las demás provincias; y la aparición de caudillos regionales que movieron tropas de indígenas, mestizos, y hasta la aparición de las viriles presencias llegadas desde el norte y el sud ostentando sus galones y sus sables.
Si se examinan estas reflexiones del momento actual, aparecen las consideraciones de aciertos o desaciertos de la Asamblea de 1825. Pero podemos consignar que cualquiera sea la razón o el veredicto que se les conceda, se debe sopesar el tiempo en que se hicieron las discusiones y la preparación intelectual de los que intervinieron generosamente, aportando patriotismo y fe en la libertad de Bolivia

REFERENCIAS.-
1) Rep. de Bolivia. Libro Mayor de la Asamblea. La Paz, 1926.
2) Enrique Finot. Nueva Historia de Bolivia. Buenos Aires, l946.
3) Gaceta de Chuquisaca, 30 julio 1825.
4) A. Gamarra Durana. Panorama del acontecer heroico de Bolivia. Latinas Editoras, Oruro, 1998.