EL MARISCAL SUCRE Y LA FUNDACIÓN DE BOLIVIA

 José Luis Baptista Morales

           Como bien señala el historiador José Luis Roca, desde mucho antes de la batalla de Junín que tuvo lugar el 6 de agosto de 1824, las provincias integrantes de la Audiencia de Charcas ya no dependían de ninguno de los Virreinatos, por haberse desprendido de Buenos Aires en 1810, y porque el General Pedro Antonio de Olañeta, absolutista, desconoció al Virrey del Perú, José de la Serna, constitucionalista, y dio lugar a la llamada “guerra doméstica” que enfrentó a esas dos fracciones del ejército realista. Olañeta mantuvo su posición intransigente acusando a La Serna de traicionar tanto a la Religión Católica como al Rey Fernando VII. 

         La derrota del ejército realista constitucionalista al mando del General José Canterac en Ayacucho el 9 de diciembre de 1824 por el ejército libertador dirigido por el General Antonio José de Sucre, fue el fin del dominio español en el Perú. La  capitulación firmada por Sucre y Canterac expresó: “El territorio que guarnecen las tropas españolas en el Perú será entregado a las armas del ejército unido libertador hasta el Desaguadero”. Al respecto,  Olañeta sostuvo que tal capitulación no le alcanzaba, en atención a que las provincias de Charcas, conocidas también como Alto Perú, se encontraban al otro lado de ese río, y no estaban ocupadas por las indicadas “tropas españolas” que eran constitucionalistas, sino por otras que defendían un tipo absolutista de gobierno, y por ello se habían apartado de la autoridad del Virrey La Serna. Los oficiales que lo apoyaban eran José María Valdez (conocido como “Barbarucho”), Pedro Arraya, Carlos Medinaceli, Francisco López de Quiroga y Francisco Javier de Aguilera. 

         Sucre estaba conforme con esa interpretación, pues escribió al General José Miguel Lanza manifestando: “S.E. el Libertador me ha mandado tratar con el señor General Olañeta y sus tropas como parte del ejército libertador, y con ese concepto evadí el que se hablase sobre él en la capitulación de Ayacucho”. En el mismo sentido escribió al General Olañeta expresando: “Los jefes del ejército del virrey al ajustar las capitulaciones de Ayacucho trataron de hablar a V.S. pero yo excusé que se nombrase a V.S, y a su ejército en un contrato que no lo comprendía, cuando S.E. el Libertador me ha repetido diferentes órdenes de tratar a V.S. y a sus beneméritas tropas como parte del ejército libertador”. 

         Preparando su ingreso al territorio de Charcas, Sucre, desde Puno remite cartas a muchos comandantes españoles y al Guerrillero José Miguel Lanza, pidiéndoles que se subleven contra el General Olañeta. Iniciada la marcha, decidió situar puestos avanzados en puntos aledaños al Titicaca y al Desaguadero, poniéndolos bajo el mando de Rudesindo Alvarado. Simultáneamente,  comisionó  al Coronel Antonio de Elizalde para que logre que el General Olañeta acepte una transacción, consistente en que el Ejército Unido Libertador ocuparía La Paz y Oruro mientras Olañeta quedaba con Chuquisaca y Potosí hasta que se reuniera una Asamblea para decidir el destino final de todo Charcas. Tales instrucciones tuvieron como resultado la suscripción el 12 de enero de 1825 de un Convenio que fue firmado por Antonio de Elizalde en representación de Sucre y por José de Mendizábal e Imaz en representación de Olañeta. Según el indicado convenido, citado por Roca, Elizalde, apartándose de las instrucciones que recibió, acordó un armisticio de cuatro meses durante los cuales el Ejército Libertador se comprometía a no cruzar el Desaguadero dejando a las provincias de Charcas al mando del general realista. Sucre rechazó ese trato por ser contrario a su criterio. 

         El General Olañeta, no comprendido en la capitulación de Ayacucho, intentó convencer a algunos oficiales que sí lo estaban a que desconozcan lo en ella decidido y se sumen a su ejército. No tuvo éxito en esa labor, salvo en el caso del Brigadier Pablo Echeverría quien, después de haberse comprometido a regresar a España, aceptó ayudar a Olañeta en una misión para comprar armas. Sucre lo hizo fusilar.                     

         La irreductible posición del General Olañeta comenzó a debilitarse en el interior del país, pues en algunos las cartas que fueron enviadas por Sucre comenzaron a tener efecto, y en otros, se impuso una apreciación de los acontecimientos de diciembre como algo irreversible. Las acciones en ese sentido fueron las protagonizadas en enero de 1825 por el General José Miguel Lanza, Guerrillero de Ayopaya, quien tomó la ciudad de La Paz a pedido de Sucre. El día 14 de ese mes, al amanecer, el Coronel Manuel Saturnino Sánchez, nacido en Montevideo, tomó la guarnición realista en Cochabamba y entró en combate con las fuerzas del Batallón “Fernando VII”, proclamó la independencia y asumió el control de esa Provincia. Fueron tomados presos y puestos luego a disposición del General José Miguel Lanza el Gobernador Pedro Antonio Asúa, y los Comandantes de Cuerpo Ostria, Muñoz, Suárez, Jeri, Peláez y Zapata. Poco antes de la sublevación de Sánchez, el Coronel Carlos Medinaceli, según dato proporcionado por el doctor Julio Ortiz Linares en su libro “El Libertador de Charcas”, escribió a Sucre  el 9 de enero  la siguiente carta: “Muy estimado Mariscal: Hace algunos días supe del gran triunfo obtenido por V.E. en la Batalla de Ayacucho,  el día 9 de diciembre del pdo. Mes y año, sobre las fuerzas imperiales del Virrey del Perú D. José de La Serna y el Gral. Canterac. Me cumple felicitar a Ud. Y a sus dignos jefes, oficiales y soldados a nombre del pueblo de Chichas de Potosí, de las tropas de mi mando y el mío, por el gran triunfo obtenido por las Fuerzas del Ejército Libertador de Gran Colombia y el Perú, a vuestras muy dignas órdenes. Felicito a V.E. asimismo por la generosa capitulación concedida por Ud. Al Ejército Realista. Y hago saber a S.E. por esta mía, que estamos completamente de acuerdo con ella y la acatamos con nuestro pueblo y las tropas de nuestro Regimiento y Batallón Chichas y Cazadores en este partido de la patria. Sé que el Gral. Pedro Antonio Olañeta, con su consejo de guerra efectuado en Cochabamba el pdo. 24 de diciembre, ha resuelto rechazar la Capitulación de Ayacucho y continuar la guerra en esta nación de Charcas, para cuyo efecto, dice, ha solicitado ante V.E. un armisticio de cuatro meses. Actitud de resistencia y traición a la patria y la lealtad; solicitud con la que no estamos de acuerdo”. Muy poco después, el 1º de febrero, se sumó a la corriente emancipadora mediante una proclama en la que manifestó: “Ha llegado el día, en el cual como naturales del país y soldados de la patria, debemos pronunciarnos y proclamar la independencia y autonomía de nuestra Patria de Charcas, mal llamada Alto Perú, del Imperio Español y a la vez de los ex Virreinatos, hoy Repúblicas del Perú y de las Provincias Unidas del Río de La Plata”. Otro oficial del ejército español absolutista, Carlos María de Ortega, abandonó a Olañeta.        

Sucre, ante el hecho de no haber el General Olañeta aceptado la transacción que propuso, dispuso que el denominado Ejército Unido Libertador cruce el río Desaguadero. El ingreso del ejército colombiano comandado por Sucre al actual territorio de nuestro país, se produjo en febrero del indicado año 1825. En ese tiempo, según cálculos aproximados, la población total era de 1.100.000 personas con exclusión de las tribus nómadas del la zona Amazónica y del Gran Chaco. La población europea o de blancos descendientes de colonizadores alcanzaba a 200.000, la mestiza a 100.000, y la aborigen a 800.000, integrada por diferentes grupos étnicos. La situación del país en ese momento  estaba caracterizada por una grave postración económica, debido al abandono de la minería, la agricultura, la industria y el comercio durante los dieciséis años de la guerra. 

       Sucre se dedicó de inmediato a la tarea que le fue encomendada por Simón Bolívar. Llegado al país el 3 de febrero, llevando como principales colaboradores a su Ayudante de Campo Agustín Geraldino, colombiano, y a su Secretario José María Rey de Castro, peruano,  sus primeras acciones, a fin de obtener el apoyo de quienes tenían ya bajo control dos importantes plazas, consistieron en designar con la denominación de “Presidentes de Departamento” a José Miguel Lanza para La Paz y a Antonio Saturnino Sánchez para Cochabamba. Nombró a uno de sus lugartenientes, Coronel José Videla, Presidente de Santa Cruz.  

       Simultáneamente, se dedicó a preparar la guerra contra el General Pedro Antonio de Olañeta, el cual se encontraba en posesión de una parte del territorio. Con ese propósito, dio instrucciones precisas al Coronel Ortega, a quien puso al mando de Oruro,  ordenándole la organización de tropas y exigiéndole que durante la campaña que se aproximaba, las acciones respectivas pesen lo menos posible en la gente común por no ser conveniente a una fuerza armada el hacerse odiosa. Sobre ese punto sus instrucciones eran precisas pues le dijo: “Haga V.S. que la tropa guarde la mejor armonía con lo ciudadanos y que traten muy bien los pueblos. V.S. castigará severamente, y aún de muerte, a los soldados que cometan daños contra los vecinos, que puedan relajar la disciplina u ofender la reputación del ejército”. En el mismo plano de preparación de las acciones bélicas, escribió al Coronel Manuel Saturnino Sánchez con instrucciones para avituallar a las tropas colombianas, encargándole con ese propósito que haga fabricar cuatro mil pares de zapatos, cuatro mil pares de camisas y tres mil capotes de pañete o bayetón, largos y desahogados. Le indicó también que “no se emprenderá nada por ahora”, y que, mediante pequeñas partidas de montoneros “al mando de oficiales vivos y resueltos” se hostigue a las tropas de Olañeta para desanimarlas e impidiéndoles tomar recurso en el país. Las órdenes eran terminantes. Las tropas de Sucre precisaban descansar y avituallarse. 

           El día 9 de ese mes de febrero  de 1825, en su condición de General en Jefe del Ejército Unido Libertador, expidió su primer Decreto en el que expresó: “Las provincias que se han conocido con el nombre de Alto Perú, quedarán dependientes de la primera autoridad del ejército libertador mientras una Asamblea de diputados de ellas mismas delibere de su suerte”.  Con referencia a esa decisión, en cartas dirigidas  a los “Gobernadores y Capitanes Generales” de Buenos Aires, Tucumán, Salta, Córdoba y Mendoza,  manifestó: “El General Olañeta, negándose a su reunión con nosotros,  ha persistido en sostener la causa del rey, y nos hemos visto obligados  a pasar el Desaguadero y  emplear la fuerza para destruirlo y arrancarle el país.  Libertado la mayor parte de su territorio y sin un gobierno propio que se encargue de su dirección, en circunstancias en que las provincias argentinas no aún organizado su gobierno central, y que el Perú nada dispone respecto de estos pueblos, he creído de mi deber como americano y como soldado, convocar una Asamblea de estas provincias que arreglando un gobierno puramente provisorio evite las facciones, los partidos y la anarquía, y conserve el territorio en el mejor orden”. 

         Al día siguiente de esa trascendental y básica determinación, el 10 de febrero, se dirigió a los Cabildos con  objeto de averiguar cuales eran las tareas mas importantes a fin de basar en esos datos sus planes y programas. Señaló expresamente que se le envíen informes sobre ingresos y gastos, estadísticas de población, y sobre agricultura, industria, comercio, artes, educación. Entre las respuestas, en cuanto a las necesidades mas apremiantes de cada región, se pueden mencionar a modo de ejemplo las siguientes: La Paz solicitó la creación de una Corte de Justicia y de una Universidad; Cochabamba, la rebaja de impuestos a la propiedad urbana y rural  y el establecimiento en Mizque de escuelas en los edificios que para entonces estaban abandonados; Oruro pidió la organización de un Banco Minero, la eliminación de impuestos, y la realización de obras que permitan utilizar las aguas del río Desaguadero para fines de regadío. 

       Estando Sucre en La Paz, el Coronel realista Carlos María de Ortega abandonó la causa de Olañeta en Oruro y se puso a órdenes de Sucre, quien le encomendó que se haga cargo de las operaciones de vanguardia del Ejército Libertador. Cuando supo que el día 12 de ese mes de febrero el General Lanza procedió en La Paz a efectuar una serie de nombramientos, anuló esas decisiones. El Coronel Ortega cometió en Oruro el mismo error que Lanza al nombrar a empleados sin consultar a Sucre. Se supone que esos hechos lo animaron a disponer el día 17 del mismo mes  que en los tres lugares, La Paz, Cochabamba y Oruro, se organicen “Juntas de Notables” conformadas por civiles, eclesiásticos y militares con mandato en sentido de que propongan nombres  para los diferentes empleos necesarios para ejercicio de la función pública, teniendo como deberes los de juzgar de la probidad, servicios y actitudes de los posibles empleados, quienes debían formular sus solicitudes directamente a la Junta con la documentación respectiva. Sobre ese punto, cabe recordar que en una de las cartas que en enero escribió al General Olañeta con ánimo de que acepte los hechos consumados, escribió: “Es verdad que la Guerra de la Independencia está concluida, pero aún falta la organización, y en ésta es que deseamos a los hombres que por su influjo, sus talentos, su experiencia y sus relaciones encaminen estos pueblos por un régimen que haga la fortuna del país”. 

      Sospechaba de las convicciones de muchos criollos que habían cruzado la raya política al último minuto convirtiéndose a la causa patriota y, por ello, manifestó: “Nada fastidia más a las gentes que ver a los antiguos españoles gobernando, y tienen razón. Es necesario retirar a todos los godos y poner a hombres de confianza del pueblo en cada posición”. A tiempo de declarar que las Juntas de Notables deben y pueden actuar con plena libertad, señaló: “cualquiera autoridad civil o militar que coarte la libertad de esta junta o se mezcle en la comisión que ella tiene, será juzgado en un Consejo de Guerra, como arbitrario y atentador de las libertades del Estado”, y agregó: “los Presidentes Departamentales ni yo tenemos interés en que fulano o zutano tengan los empleos, sino que nuestro objeto es que los empleados sean hombres de la confianza pública. La mala o buena elección de los empleados es de una trascendencia fatal al bien general”.  

     Entre tanto, se producían más defecciones entre las fuerzas del General Olañeta y aumentaban los pronunciamientos a favor de la separación de España. El día 22 del indicado mes de febrero el Coronel español Francisco López de Quiroga, Comandante de Chuquisaca, sublevó a su escuadrón y declaró que proclamó la independencia y “dio la libertad a Charcas”. El mismo día 22, desde La Paz, Sucre ordenó al Coronel Ortega que se tomen todas la providencias para acopiar víveres y forraje con que mantener 4.000 hombres y 1.000 caballos por cuarenta días. Ortega, por sí mismo, sin consulta a Sucre, envió un ultimátum de rendición al General Olañeta, quien en respuesta le envió una furibunda nota de reproche llenándolo de improperios por su conducta que calificó como “cobarde traición”. 

       En marzo ultimó los detalles de la acción contra el General realista. Escribió al Intendente de Tacna con instrucciones para el pronto envío de lanzas, fusiles y dinero que había encargado. Obtuvo del Ministro de Marina del Perú que se crucen las costas del sur sobre los Puertos de Arica a Cobija para impedir que no penetre ningún auxilio de armas al General Olañeta, pues dijo saber que éste esperaba 4.000 fusiles que mandó buscar a Chiloé, los cuales debían entrar por Iquique a Tarapacá. El 18 de marzo escribe al Ministro del Perú informándole que mandó al General Millar para perseguir a Olañeta sobre Chicas, Al respecto, expresó; “porque yo tengo mucho y mucho que hacer en el arreglo y organización de los departamentos de Chuquisaca, Santa Cruz, y aún en el de Cochabamba”. Sucre, con gran paciencia, preparó sus fuerzas para la ofensiva final con 6.000