CÁDIZ Y LOS BICENTENARIOS

Bartolomé Clavero
Catedrático de la Universidad de Sevilla
Miembro del Foro Permanente de Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas. EMAIL: clavero@us.es

Vienen celebrándose bicentenarios de independencias por América cual si lo fueran de Naciones y ya ha comenzado a celebrarse el de la Constitución de Cádiz cual si fuera el origen, en España y en América, de Naciones constitucionales, hablándose entonces en términos de legado de constitucionalismo hispano, un constitucionalismo así participado a la América anteriormente colonizada por España como especie de última aportación directa del propio colonialismo, un colonialismo que a su vez así se redimiría y ya no merecería tal nombre.

Si queremos hablar en términos de legado gaditano o constitucional hispano en América, habrá de insistirse ante todo en que los elementos más característicamente constitucionales ya se tenían sin necesidad de esperarse a 1812, a la Constitución de Cádiz1, así como convendrá que se abunde sobre todo en las limitaciones de esa concreta propuesta europea, la gaditana, en aquellas que fueran realmente distintivas.
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(1) Se ha observado especialmente para el caso venezolano, que no es único aunque otra cosa se pretenda: Allan R. BREWER CARÍAS, El paralelismo entre el constitucionalismo venezolano y el constitucionalismo de Cádiz (o cómo el de Cádiz no influyó en el venezolano), en Asdrúbal Aguiar (ed.), Hacia los orígenes del constitucionalismo iberoamericano y latino: La Constitución de Cádiz de 1812, Caracas, Universidad Católica Andrés Bello, 2004, pp. 223-331. Situando el asunto en el escenario celebratorio de un constitucionalismo moderno, ni que decir tiene que no se trata de la presencia indígena, pese incluso a la atención que le presta la Constitución venezolana de 1811 (puede verseen el sitio de Alertanet: http://www.alertanet.org, en su página de pronunciamientos constitucionales sobre dicha presencia).
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No lo era, por común constitucionalmente en aquel entonces, el sexismo radical que eliminara cualquier posibilidad de género femenino en la conjugación de la ciudadanía. Lo era en cambio que Cádiz no sólo fuese esclavista, sino también profundamente racista, pues condicionaba al máximo la posibilidad de acceso de afrodescencientes no esclavos a la condición de ciudadanos, admitiéndoles sólo con carácter individual por méritos personales. Relativamente distintiva era su posición respecto a la presencia indígena, pues la incluye en la ciudadanía, pero intentando colonialmente recluirla en el espacio municipal y aplicando el tratamiento de un colonialismo frontal y agresivo a los numerosos pueblos indígenas que resistían independientes (2).
Contra evidencias de la propia historiografía, la celebración de bicentenarios maquilla de nuevo la Constitución de Cádiz para ocultación de facetas poco halagüeñas desde luego hoy(3).

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(2) B. CLAVERO, Hemisferios de ciudadanía. Constitución española en la América indígena, en José Álvarez Junco y Javier Moreno Luzón (eds.), La Constitución de Cádiz: Historiografía y conmemoración. Homenaje a Francisco Tomás y Valiente, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2006, pp. 101-142; “Multitud de Ayuntamientos”: Ciudadanía indígena entre Nueva España y México, 1812-1824, en Alicia Mayer (ed.), Los indígenas en la Independencia y la Revolución Mexicanas, a publicarse por la Universidad Nacional Autónoma de México, con otras contribuciones interesantes al efecto; Original Latin American Constitutionalism, en “Rechtsgeschichte”, 16, Verfassung und Verfassungsrecht in Lateinamerika im Licht des ‘Bicentenario’, 2010, pp. 25-28, toque de atención, el enésimo por mi parte, sobre el registro constitucional de la presencia indígena que, como si América fuese extensión de Europa, sigue pasando usualmente como tal inobservado. Para una trayectoria de la historiografía, B. CLAVERO, Cádiz en España: signo constitucional, balance historiográfico, saldo ciudadano, en Carlos GARRIGA y Marta LORENTE, Cádiz, 1812. La Constitución Jurisdiccional, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007, pp. 447-526.

(3) Salvo para la presencia indígena, ya insistí con ocasión de la más modesta celebración del 175 aniversario de Cádiz: B. CLAVERO, Cara oculta de la Constitución: Sexo y trabajo, en “Revista de las Cortes Generales”, 10, La Constitución de 1812, 1987, pp. 11-25, que fue objeto de un debate más bien negacionista (puede verse la reseña de Hirotaka TATEISHI, La Constitución de Cádiz de 1812 y los conceptos de Nación / Ciudadano, 2008, en línea, en el sitio del Grupo de Estudios Mediterráneos de la Universidad de Hitotsubashi: http://www.econ.hit-u.ac.jp/~areastd/mediterranean/en). A vistas de los bicentenarios, el negacionismo contra evidencia rebrota por doquier. Y esto no sólo es efecto de que mantengan la voz cantante no especialistas en constitucionalismo aparte  de serlo en historia; por ejemplo, Mónica QUIJADA, Sobre “nación”, “pueblo”, “soberanía” y otros ejes de la modernidad en el mundo hispano, en Jaime E. Rodríguez O. (ed.), Las nuevas naciones. España y México. 1800-1850, Madrid, Mapfre, 2008, pp. 19-51, sigue ofreciendo (p. 29) la impresión de que la Constitución gaditana no sería racista porque extendería la ciudadanía incluso a los exesclavos generalizando para ello su referencia en tal sentido a libertos formales futuros no afrodescendientes, para lo que ha de hacer oídos sordos a cuanto deja tal género de presunciones en evidencia. Para la imagen idealizada de Cádiz y de su influencia que se ofrece también impasible, pese a evidencias, desde el campo del constitucionalismo, Ignacio FERNÁNDEZ SARASOLA, La Constitución española de 1812 y su proyección europea e iberoamericana, en “Fundamentos”, 2, Modelos en la Historia Constitucional Comparada, 2000, pp. 359-466.
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Igual incide sobre la confusión entre Estado y Nación entronizando a la segunda como sujeto de la celebración para que vuelva a serlo de historia. Entra ahora por la ventana de la memoria lo que fuera ya prácticamente expulsado a través de la puerta de la historiografía(4).
A la operación se aprestan de manera desigual los Estados de América Latina con el acompañamiento entusiasta de España(5).

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(4) Sirva de ejemplo un caso tocante a Colombia, el de un programa de investigación denominado Nación- Cultura-Memoria (información en línea, http://historia.univalle.edu.co/GINacion.html). Así se presenta: “En la perspectiva inmediata de la conmemoración del bicentenario de las independencias en Hispanoamérica, el grupo se propone consolidar líneas de investigación que aborden, fundamentalmente, los siguientes problemas: el proceso de construcción de la nación colombiana…”, siguiendo otros que en ningún momento dan entrada a la presencia indígena, ya no digamos como naciones o como quiera expresarse su concurrencia colectiva, a no ser que a ello se refieran unas alusiones un tanto crípticas en términos además adversativos: “…el proceso de fijación de unas culturas y unas identidades que se han adherido o han impugnado el proyecto hegemónico de la nación colombiana”; “basándonos en una mirada totalizadora, y no fragmentada, del proceso de construcción de la nación”. Para el actual sistema constitucional colombiano hay pueblos indígenas o, derecho internacional de derechos humanos mediante, naciones indígenas, pero la historiografía, incluso aquella que se ocupa de materia constitucional, puede permitirse el lujo de ignorar Constitución en el doble sentido de desconocimiento y de desprecio sin desmerecer por ello estimación tanto científica como política. El programa Nación- Cultura-Memoria ha sido positivamente evaluado por la entidad oficial competente, el Instituto Colombiano para el Desarrollo de la Ciencia y la Tecnología en el que se integra el Fondo Nacional de Financiamiento para la Ciencia, la Tecnología y la Innovación. Sospecho que la atención a naciones indígenas hubiera supuesto un serio impedimento, quizás incluso infranqueable.

(5) http://www.bicentenario.gov.co es el sitio ya citado para información de las celebraciones en Colombia; con planteamiento que se pretende alternativo, pero que en realidad  acentúa el motivo nacionalista, Venezuela cuenta con el sitio equivalente: http://www.bicentenario.gob.ve; El Ecuador y Panamá en cambio no lo tienen que centralicen oficialmente la información. El primero creó un sitio que se desactivó y no sé si se recuperará  (http://www.ecuadorbicentenario.gov.ec). La República Bolivariana de Venezuela intentó sin éxito liderar una celebración continental. Una coordinación se acordó en Chile a finales de 2007 (http://www.grupobicentenario.org), con participación, además, de Colombia, Venezuela, el Ecuador, Argentina, Bolivia, El Salvador, México, Paraguay y España. Como Estado más tardío y más necesitado por ende del desdoblamiento en Nación, Panamá no esperó al bicentenario de su independencia como parte de Colombia para poner en marcha toda una Biblioteca de la Nacionalidad consagrada a su construcción (http://www.binal.ac.pa/buscar/clnac.htm). Un sitio alternativo no oficial ya ha sido citado: http://www.bicentenariodelasamericas.org; otro: http://www.albicentenario.com.
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La operación compromete a la historia y afecta al presente. Se está por lo general utilizando la efectiva renovación de la historiografía de materia política para proyectar hacia atrás imágenes atemporales como las de liberalismo y democracia que dislocan y desvirtúan la historia y, al cargarse de pasado, la política misma (6). Afortunadamente, al menos el intento de manipular desde España la conmemoración de bicentenarios constitucionales por América, con el corolario de magnificar el aporte gaditano, ya está dando ciertas muestras de frustración(7)
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(6) Guillermo Palacios (ed.), Ensayos sobre la Nueva Historia Política de América Latina, siglo XIX, México, Colegio de México, 2007, con dichos planteamientos paladinos (Los caminos de la democracia en América Latina, siglo XIX fue el título teleológico del encuentro de 2003 que dio lugar al libro), aunque también con contribuciones útiles a efectos de apreciarse la renovación; para ejemplo enardecido de lo primero, incluyendo celebración hispanoamericana de la Constitución de Cádiz, Carlos MALAMUD, ¿Cuán nueva es la nueva historia política latinoamericana? (pp. 19-30); para ejemplo realista de lo segundo, Annick LEMPÉRIÈRE, La historiografía del Estado en Hispanoamérica. Algunas reflexiones (pp. 45-62). La pregunta de C. Malamud veremos enseguida a qué estado de conocimiento responde.

(7) Para muestra significada de la frustración, C. MALAMUD, Un balance de los bicentenarios   americanos:    de   la   euforia   al  ensimismamiento, publicaciones en línea del  Observatorio de los Bicentenarios del Instituto Elcano  (http://www.realinstitutoelcano.org), 2011 que en cierto modo es voz de la corporación (nota primera: “Este trabajo se ha beneficiado de las discusiones y comentarios de los participantes en el Grupo de Trabajo sobre los bicentenarios latinoamericanos, reunido de forma periódica en el Real Instituto Elcano. De todos modos, las afirmaciones aquí vertidas son de responsabilidad única del autor de este Documento de Trabajo”); el mismo miembro del Instituto ya había identificado la particular némesis suya personal y de la institución como si lo fuera de España toda: Los riesgos de España frente a los  bicentenarios: populismos, nacionalismos e indigenismos, mismo sitio, 2008. El Instituto Elcano es miembro activo de la Comisión Nacional para la Conmemoración de los Bicentenarios de la Independencia de las Repúblicas Iberoamericanas: http://www.bicentenarios.gob.es (nacional por española de financiación básicamente pública; Iberoamérica por la América plural). Para la ceguera empecinada de dicho historiador respecto a evoluciones del constitucionalismo o sencillamente de la historia por América: C. MALAMUD, Populismos Latinoamericanos. Los tópicos de ayer, de hoy y de siempre, Oviedo, Nobel, 2010. Bajo su coordinación, en el mismo apartado de publicaciones del sitio del Instituto Elcano se incluye una sectaria selección de títulos sobre las independencias y los bicentenarios.
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Hay quienes se curan en salud dando por hecho que la cosecha será magra en todo cuanto interesa a las cuestiones mayores, como precisamente la de qué sea la nación, cuestiones que resultarían por lo visto, pues así se evita afrontarlas de lleno, irresolubles(8).

No presumamos que hoy la historiografía responde a ciencia como ayer a ideología. Menos reconocidamente, sin tanta franqueza como en el pasado, pueden estar pesando sobre la investigación y, aún más, sobre la enseñanza de la historia las mismas servidumbres de fondo generadas desde hace doscientos años. Puede que siga viva la historiografía toda de Estado como si lo fuera de Nación, incluso la aparentemente obsoleta y realmente ficticia(9).
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(8) M. QUIJADA, Sobre “nación”, “pueblo”, “soberanía” y otros ejes de la modernidad, p. 21: “Lo cierto es que está lejos de verse el final del debate [sobre nación] y es muy posible que no pueda haberlo, no sólo por la antigüedad y polisemia del término, sino por el papel políticamente instrumental que viene desempeñando a lo largo de los siglos”, lo que ahora precisamente resultaría más cierto que nunca no por sí, sino por efecto de la agenda política no tan oculta en la celebración de bicentenarios contando con la sumisión no siempre segura de la historiografía. Dada la oferta subsiguiente de fondos, están además proliferando títulos abusivos para misceláneas apresuradas. Con todo lo pendiente en América toda sobre reconocimiento y respeto entre naciones y dadas las fuertes resistencias de parte no indígena, inclusive las de la correspondiente historiografía, mediando así empecinamiento, tampoco es que la celebración de bicentenarios constituya la principal causa por la que no nos hallamos en las mejores condiciones ni circunstancias para unos esclarecimientos. Para puesta en evidencia de atascos reales de fondo, Germán COLMENARES, Las convenciones contra la cultura. Ensayos sobre la historiografía hispanoamericana del siglo XIX, Bogotá, Tercer Mundo, 1987 (La Carreta, 2008); Elías PALTI, La nación como problema. Los historiadores y la “cuestión nacional”, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2003.

(9) G. COLMENARES, Las convenciones contra la cultura, ed. Tercer Mundo, 1997, p. XI: “La historiografía  hispanoamericana del siglo XIX sigue siendo enormemente influyente. En la trama de losacontecimientos elegidos en ese entonces sigue reconociéndose la individualidad de cada nación, los rasgos distintivos de una biografía colectiva. A veces se presentan como un arsenal disparatado de imágenes, desprendidas de su propia cronología y sin un origen identificado. (...) La fuerza misma de dichas imágenes reside en su carácter aparentemente anónimo, como si se tratara de la elaboración espontánea de un inconsciente colectivo”; pp. 101-102: “La idea de una continuidad que reposa en la identidad de un referente (nación, cuerpo social) ha sido siempre problemática en Hispanoamérica. Por ejemplo, hoy es muy corriente la noción de que los elementos objetivos que conforman las nacionalidades hispanoamericanas sólo aparecieron o se integraron en el curso del último tercio del siglo XIX. Sin embargo, la imaginería más difundida, con la que suele asociarse la identidad de cada una de estas naciones, precede muchos años a este desarrollo objetivo. (...) Este fenómeno obliga a reconocer el papel constructivo que jugó una imaginería historiográfica en la formación misma de la nación. Pero implica también que las imágenes no estaban destinadas a definir una realidad sino a prefigurarla. Muchas de las imágenes procedían de un fondo común de convenciones historiográficas europeas; en otras palabras, eran prestadas”. Tales son los motivos analizados por Las convenciones contra la cultura de Colmenares (se incluye en su Obra Completa, Bogotá, Universidad del Valle-Banco de la República, 1997-1998).
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Tienen en común una y otra historiografía, la del XIX y la del XXI, no sólo la sublimación de Nación, sino también la cancelación de naciones, las indígenas. A ambas, a la del XIX y a la del XXI, les consta que el término se empleó para éstas antes que para aquella, pero entienden lo uno como insignificante y lo otro, sólo lo otro, como significativo. Digan lo que digan las mismas fuentes de parte, de la parte no indígena, por virtud de la presunción del constitucionalismo y de la historiografía, Nación sólo hay una, la de Estado(10).
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(10) María Cruz SEOANE, El primer lenguaje constitucional español (Las Cortes de Cádiz), Madrid, Moneda y Crédito, 1968, pp. 75-76: “He encontrado bastantes ejemplos de la persistencia del uso de Nación en el sentido puramente etnológico. (…) Se trata de nación en sentido físico y no político”; María Teresa GARCÍA GODOY, Las Cortes de Cádiz y América. El primer vocabulario liberal español y mejicano (1810-1814), Sevilla, Diputación de Sevilla, 1998, pp. 135-136: “En ambas parte del Atlántico, se emplea la palabra nación en su sentido tradicional (…). Este matiz es el predominante en los usos hispanoamericanos. En la América española se habla de nación con referencia a un grupo étnico (…). Pero junto a este significado que hace hincapié en la existencia física de la nación (…) se abre paso una nueva acepción que subraya la existencia política de la misma”. Obsérvese cómo unas dicotomías que se superponen y proyectan, entre tradicional, étnico y físico de una parte y, de otra, político, moderno o constitucional, descalifican uno de los usos mutilando significado. La calificación de físico implica la denegación de existencia política, la negación radical de la entidad y capacitad políticas de toda la humanidad tildada de étnica. Es algo que así se hace hoy, en el siglo XXI, con más finura, más eficacia y más inconsciencia que entonces, en el siglo XIX. Un lenguaje aparentemente científico, de curso común en las ciencias sociales, puede hacer por sí mismo operar la elegancia, la violencia y la irresponsabilidad. Aún así, hay un indicio aprovechable si se traduce a términos no derogatorios: “He encontrado bastantes ejemplos de la persistencia del uso de Nación en el sentido” de pueblo indígena, más que en el de nación de Estado a los inicios constitucionales. Es la historiografía la que ha creado la impresión contraria.
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De verdad que resultan tan irresolubles las cuestiones mayores como esta deformación y existencia de naciones en la historia y en el presente? Si la historiografía constitucional sigue dando vueltas a la noria como una acémila con anteojeras que le impiden ver cómo se devuelve al pozo la misma agua que se extrae, no es precisamente porque no haya necesidad ni porque no exista forma de encauzar y administrar tan preciado recurso. Es por deficiencia propia o por incapacitación asumida que el tiempo de la historiografía no sea el tiempo de la historia ni para el pasado ni para el presente(11).
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(11) Joaquín VARELA SUANZES-CARPEGNA, Reflexiones sobre el Bicentenario, 1812, 2012, en J. Álvarez Junco y J. Moreno Luzón (eds.), La Constitución de Cádiz: Historiografía y conmemoración, pp. 75-84; p. 82: el bicentenario “debiera servir también para poner de manifiesto que la nación española, compuesta de individuos libres e iguales ante la ley –cuya existencia hoy niegan los nacionalistas periféricos e incluso buena parte de la izquierda– no es una invención reciente, sino que, como mínimo, hunde sus raíces precisamente en la Guerra de la Independencia”; p. 84: el bicentenario “debiera contar con el generoso apoyo de los poderes públicos y de entidades privadas”. Tamaño exceso en la disposición al falseamiento de la historia constitucional por intereses políticos incluso confesadamente partidistas y tamaña pretensión de acceso a fondos públicos, disponibles por lo demás, para tales fines de Nación- Incultura-Memoria, patentizan lo que puso en evidencia Colmenares con sus Convenciones contra la cultura, esto es que, cuando se trata de la Nación propia, la historiografía sigue siendo decimonónica en el peor sentido y a veces, como en el caso, con todo orgullo y ninguna distancia: J. VARELA SUANZESCARPEGNA, El conde de Toreno. Biografía de un liberal, 1786-1843, Madrid, Marcial Pons, 2005.
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Al cabo de tanto transcurso de historia y de historiografía, perspectiva no es que falte. Ha corrido un buen tiempo desde Cádiz y algo más desde algunas independencias en la América colonizada por España. El redondeo del par de siglos marca la temporada de rememoración y revisión. Puede y debe serlo de recapacitación y verificación(12).
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(12) En la dirección exactamente contraria, los abordajes actuales no sólo siguen por lo general situados en categorías indefinidas y descontextualizadas de la matriz decimonónica puesta en evidencia por Germán Colmenares, como liberalismo o modernidad, cuando no también la de revolución de una u otra forma cualificada, que por sí marginan o incluso excluyen la problemática constitucional de la presencia indígena, sino que también a veces actúan de forma deliberada para eliminar en la historia lo que quiere ignorarse en el presente: Mirian GALANTE, La revolución hispana a debate: Lecturas recientes sobre la influencia del proceso gaditano en México, en “Revista Complutense de Historia de América”, 33, Independencia y construcción del Estado-Nación en México, 2007, pp. 93-112. Y véase en escritos como éstos formas de descalificación sumaria sin la audiencia previa siquiera de la lectura debida facilitándose de este modo la creación política del maniqueo (p. 101: “una aproximación étnica al texto gaditano… no consigue sino reproducir visiones muy instrumentalizadas ideológicamente que pueden fracturar la convivencia nacional”, aclarándose en nota, por si no se estuviera al tanto, que el maniqueo tiene el nombre de Clavero). Así que ya se sabe. Si se saca de la subalternidad la presencia indígena en la historia es porque se quiere, como si se tratara de una guerrilla por otros medios, subvertir los Estados actuales. Y no exagero. Sin asomo de ironía que pueda disculparle, I. FERNÁNDEZ SARASOLA (“Quaderni Fiorentini”, 39, 2010, p. 708) me tacha de talib (plural, talibán), en su acepción gravemente peyorativa no original; el insulto se extiende a casi todo el grupo de investigación al que pertenezco (HICOES: Historia Cultural e Institucional del Constitucionalismo en España y América: http://www.hicoes.org); la identificación de destinatarios esta vez va implícita puesto que se escupe el exabrupto para eximir a uno de sus miembros.