El 18 de septiembre de 1810

Alejandro San Francisco
Profesor del Instituto de Historia y de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de Chile. Director del IES Instituto de Estudios de la Sociedad. 

Cada año septiembre se llena de banderas y de bailes, de feriados y celebraciones, de actividades oficiales y de pampillas populares, de acciones de gracias a Dios y recuerdos a los héroes de la república: el 18 de septiembre es la fiesta de la patria, el cumpleaños de Chile. 

Así al menos lo han entendido los chilenos en los últimos doscientos años. El 18 de septiembre de 1810 fue una ceremonia con muchos rasgos monárquicos, tales como la apelación a las Siete Partidas para formar una Junta de Gobierno, así como también por el juramento de fidelidad al rey cautivo, Fernando VII. Poco a poco la situación desembocó en la formación de nuevas organizaciones políticas, como el Primer Congreso Nacional de 1811, los símbolos de la patria (banderas y escudos, que experimentaron diversas modificaciones), y ciertas instituciones que marcarían la cultura de Chile, como la Biblioteca Nacional y el Instituto Nacional. 

Fue también la época en que despuntó la prensa, en los periódicos la Aurora de Chile, el Semanario Republicano y el Monitor Araucano. Precisamente en el primero de ellos escribió Camilo Henríquez, gran promotor de los ideales de independencia que animaron a los hombres de entonces. Fue a través de su pluma y de sus convicciones como se produjo el contraste entre los tres siglos de colonia y el surgimiento de una época de luz, el paso de la monarquía a un sistema republicano, y las inmensas posibilidades materiales y culturales de un Chile que emergía como nación autónoma. 

Cuando finalmente, tras una guerra entre “criollos” y “españoles”, el país obtuvo la victoria en los campos de batalla, empezaba una nueva era política, la independencia. La declaración correspondiente de 1818 resumió muy bien la importancia del origen: “La revolución del 18 de Septiembre de 1810 fue el primer esfuerzo que hizo Chile para cumplir esos altos destinos a que lo llamaba el tiempo y la naturaleza”. Era la fecha de la fiesta.  

La celebración de la fiesta en los comienzos de la república 

Como ha señalado muy bien Paulina Peralta en un excelente libro, en los primeros años del nuevo régimen el país experimentó una pluralidad festiva: ahí estaban el 12 de febrero, que conmemoraba la victoria en Chacabuco y la jura de la Independencia; el 5 de abril que recordaba la victoria definitiva de Chile en Maipú; el 18 de septiembre, que marcaba el inicio del proceso autonomista. 

Así lo recordaba Vicente Pérez Rosales en sus Recuerdos del Pasado: “Cada vez que celebramos en Chile los días patrios de septiembre acuden sin esfuerzo a mi memoria las solemnidades con que celebraban los patriotas del año de 1824 el ya casi olvidado 12 de febrero, día que cual ningún otro ostenta títulos que le hacen merecedor del más justo y cumplido acatamiento del hombre chileno. El músico José Zapiola, por su parte, criticaba el que las fechas 12 de febrero y 5 de abril – que efectivamente habían dado la libertad a Chile en los campos de batalla – hubieran sido relegados por el 18 de septiembre, una fecha que en realidad significaba la fidelidad jurada a Fernando VII por su cautividad ante Napoleón. 

Sin embargo, en la década de 1830 comenzaron a asentarse las instituciones y también se hicieron visibles las continuidades de los ritos republicanos asociados al 18 de septiembre, fecha única de las fiestas nacionales a partir de 1837.   

Por esas casualidades de la vida y de los avatares políticos de la década anterior, fue precisamente ese día en 1831 cuando asumió su gobierno Joaquín Prieto. El representante norteamericano en Chile John Hamm escribió a las autoridades de su país a fines de septiembre: “La instalación del nuevo Presidente de la República de Chile, General Prieto, tuvo lugar el domingo 18. Las preparaciones para esta ocasión fueron espléndidas, y todas las cosas fueron conducidas con orden y decoro”. 

La fecha coincidía, obviamente, con la celebración de la independencia, que se celebró en conjunto con el cambio de mando gubernamental. El Araucano, el periódico ministerial, hacía coincidir el momento político con la idea de regeneración asociada al “primer día de la existencia política de Chile, el 18 de septiembre de 1810. Las celebraciones, como era tradicional, contaron con un Te Deum, actividad religiosa de acción de gracias a Dios por los bienes dispensados a la República. El mismo día se hizo un baile de honor como había sido costumbre desde el primer aniversario de la Junta, en 1811. El día 19 se realizaron los juegos de guerra, que también se convertirían en una interesante tradición nacional, hasta transformarse en la actual Parada Militar. 

Lo anterior no significa que las celebraciones estuvieran concentradas en una elite, por cuanto se produjo una socialización de la fiesta a través de las chinganas o pampillas desarrolladas por los sectores populares. Si bien es cierto estas reuniones recibieron críticas de parte de las autoridades y de la Iglesia Católica, por cuanto ahí se fomentaba la embriaguez y el vicio en la población, lo cierto es que finalmente el sector dirigente comprendió que esos excesos eran menos relevantes que el bien que se producía: consolidar el sentimiento nacional entre los chilenos. El famoso cuadro del pintor Juan Mauricio Rugendas, que muestra la llegada del presidente Joaquín Prieto a la pampilla mientras el pueblo baila y bebe, es ilustrativo de una fiesta que comenzaba a unir a la sociedad con sus autoridades, una fiesta que llegaba a ser nacional. 

No era el único medio de socializar el espíritu chileno en esos años. María Graham recuerda en su Diario de mi residencia en Chile que era habitual que en las actividades del teatro se cantara el himno nacional antes de cada presentación. Efectivamente, las canciones también fueron un medio eficaz de nacionalismo criollo. Y no sólo las versiones de la canción chilena de Bernardo de Vera y Pintado (más antiespañola) o la de Eusebio Lillo (de 1849 y, por ende, más moderada en sus referencias al “ayer invasor”): después de la victoria chilena en la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, el himno de Yungay se convirtió en una especie de segundo himno nacional, entonado repetidas veces en las más diversas actividades sociales. La música, como ha demostrado Rafael Pedemonte en un excelente libro, pasaba a ser también otro camino de consolidación del patriotismo en Chile. 

Después de todo, se trataba de un país independiente, con instituciones propias y un desarrollo del cual empezaba a sentir orgullo. Cada año, precisamente en septiembre, las autoridades y el pueblo recordarían su chilenidad, en la hora de las celebraciones de la patria.

Rafael Pedemonte, Los acordes de la Patria. Música y nación en el siglo XIX chileno (Santiago, Globo Editores, 2008).

El autor trabaja un tema original y con abundante información, procurando mostrar como la música patriótica – los himnos nacionales y también otro tipo de composiciones – significaban un desarrollo de la conciencia de chilenidad durante el primer siglo de vida republicana. Pedemonte destaca especialmente el himno nacional y los cambios que experimentó a mediados de siglo; así como también la famosa y popular canción de Yungay, después de 1839, con letra de Manuel Rengifo y música del compositor José Zapiola.  

Paulina Peralta, ¡Chile tiene fiesta! El origen del 18 de septiembre (1810-1837) (Santiago, LOM, 2007).

La autora explica, en una interesante investigación, la consolidación del 18 de septiembre como la fiesta nacional de Chile. Hasta la década de 1830 existió una “pluralidad festiva”, que incluía las conmemoraciones oficiales del 12 de febrero y del 5 de abril, recordando otros hechos relevantes de la historia nacional. Finalmente “el 18” se impuso, recordando el inicio del proceso de Independencia, mientras la fiesta patriótica se convirtió en un espacio privilegiado para que los chilenos experimentaran la idea de ser una nación.

 Carmen Mc Evoy (editora), Funerales republicanos en América del Sur. Historia, ritual y nación (Santiago, Instituto de Historia Universidad Católica de Chile/Centro de Estudios Bicentenario, 2006).

La historiadora peruana edita un libro que contribuye a conocer un aspecto muchas veces ignorado de la historia del continente: el uso de los funerales de las grandes figuras de la historia como un medio para promover los ideales de nación, república, o una determinada idea política. El texto repasa a diferentes figuras: Simón Bolívar y José Gervasio Artigas, por ejemplo. Para el caso chileno aparecen los funerales de José Miguel Infante, Andrés Bello y la “apoteosis” de José Manuel Balmaceda, quien se suicidó el 19 de septiembre de 1891, precisamente un día después de que se cumplían cinco años desde que accediera a La Moneda.  

Bárbara Silva, Identidad y nación entre dos siglos. Patria Vieja, Centenario y Bicentenario (Santiago, LOM, 2008).

Bárbara Silva realiza un trabajo de tres tiempos: la Independencia y el período de la Patria Vieja, muy fecundo en la creación de instituciones nacionales; el Centenario de Chile, que vivió esa dualidad entre el ánimo festivo y las críticas sociales emergentes; el Bicentenario, donde emergen aspectos tales como el multiculturalismo, la democracia y la globalización. Un libro útil tanto por su perspectiva histórica como por la dimensión de actualidad que integra.


Revista Capital nº 259,  del 21 de agosto al 3 de septiembre  Centro de Estudios Bicentenario
Santiago de Chile, contacto@bicentenariochile.cl