10 DE FEBRERO DE 1781, LA SUBLEVACIÓN DE ORURO
DR. ALFONSO GAMARRA DURANA
Miembro de Número de la Academia Boliviana de la Lengua
Miembro Correspondiente de la Sociedad Geográfica y de Historia "Sucre".
Correspondiente de la Real Academia Española

 

Es evidente que los naturales de las colonias españolas en América no se preocupaban por la independencia. Poseedores de un espíritu nativo comunitario, los habitantes de las poblaciones altiplánicas aceptaron la disposición política impuesta por los españoles. Lo cual hizo creer que los americanos, si se mantenían controladas las actitudes de los naturales, podrían servir nada más que para la servidumbre.

Este aserto tendría valor en algunas pequeñas regiones del Nuevo Mundo, y, por cortas épocas. Cuando el criollo expandió sus actividades y el mestizo, ganando con sus años la experiencia y los efectos grandes o pequeños que serían su propiedad, los americanos cobraron arrojo para enfrentarse a los foráneos. No siempre con actitudes beligerantes, sí mucho con pacifismo pidiendo a los españoles lo que éstos se exigían entre ellos. Esta posición habrá sido dificultosa, pero apoyados en la ingénita constancia de los naturales, habrán resistido, primero, las disposiciones; después, habrán forcejeado con razonamientos, en diversas circunstancias, para obligar que reconociesen el derecho de esos conglomerados para ser respetados.

Los indígenas contrarrestaron con la obediencia a la amenaza de muerte esgrimida por los conquistadores; y los mestizos, encontraron por el aprendizaje o la observación, las formas para manifestar su hombría. Lo que mostraron a los europeos no eran virtudes cívicas, sino una disposición para amoldarse a las normas de aquéllos. No habrían pensado en esa lucha social si es que los dominadores no hubieran impuesto leyes abusivas. No tenían ni en fermento la idea de libertar sus territorios, de crear patrias autónomas. Esos serían pensamientos demenciales, básicamente irreales.

Lo que enaltece al pueblo es que sus hombres pensaron aparentemente despacio, para cambiar la situación imperante, buscaron soltarse de las ataduras que los codificaban como dependientes de los colonizadores. Insinuaron, sus pretensiones de entender el mecanismo económico que regía el determinismo de dominio. Y se encontraron que España era un empresario complejo, imposible de controlarlo con los aislados esfuerzos que realizaban en las regiones. Posteriormente, ganaron en categoría, porque el amo no buscó el aniquilamiento del débil, pues necesitó de éste, que trabajase para él, por tener  mayor habilidad en ciertas acciones y mayor experiencia  Partiendo de las funciones que realizaba, el dominado fue percibiendo un aumento de su valía y tomó conciencia de su fuerza. El dueño no desarrolló ganancia muscular ni mental por encontrarse en la molicie. Para no perderla, permitió que el otrora esclavo se encargara de faenas cada vez más complejas y más originadoras de riqueza,  y antes de aparecer avasallado por esa influencia de la masa subyugada tomó medidas desproporcionadas de violencia y crueldad.

En la historia de América figuran numerosos sucesos de esta evolución de los dependientes. Los peninsulares tomaron repetidamente acciones punitivas con el fin de reducir la creciente preponderancia de su importancia. En las regiones orureñas y en poblaciones de La Paz y del norte de Potosí se produjeron hechos que encarnaron ese espíritu. Los nativos no quisieron ser dominados por leyes inventadas por otros. Lo que querían era vivir en una sociedad justa, pensando que si su existencia transcurría en los territorios virreinales, como los españoles mismos, ellos tenían que vivir como éstos. En el lindero de buscar la igualdad, sin inquietarse de buscar la emancipación.

El “Manifiesto de Agravios” (1793) es la exposición oponente a esas características ibéricas, una demostración de que esas intenciones de esclavitud habían sido descubiertas, y se las rechazó porque nadie vivía en la barbarie. Más aún, cuando los episodios de febrero de 1781 en Oruro, los dominadores que habían dejado, para favorecerse, que los mestizos manejasen muchos medios de producción, se sintieron avasallados y doblegados cuando quisieron volver a apretar las cadenas de la opresión, no por la fuerza directa sino por la privación del principal factor del trabajo: el instrumento, sea por no vender herramientas, elementos químicos para el procesamiento de minerales, la ropa o el alimento, consiguiendo así llevar a los pobladores a la posibilidad –indirecta– de morirse de hambre, porque no podían producir ni tampoco comercializar su producto. Los orureños debían enajenar su libertad de trabajo para poder vivir. Y la respuesta fue inesperada y terrible.

En el Oruro de alrededor de 1781, se cumplía el gobierno español con un sistema administrativo de nivel menor, conformado por el corregimiento y las alcaldías mayores. Al terminar el siglo XVIII los corregimientos indígenas alcanzaron a 76 en los territorios denominados después Bajo y Alto Perú. Los corregidores tenían que dar protección a los indios cumpliendo con el papel que en el inicio del Coloniaje los realizaba el “Protector de Indios”. En la época que nos ocupa, estos oficiales tenían la tarea de juntar los tributos, la organización y envío de los indios a las mitas, y la obstaculización al aumento de poder económico de los mestizos que adquirían un grado de nobleza en su terruño. En otras regiones sólo tenían jurisdicción en los territorios indios, pero con el tiempo los corregidores de Oruro tuvieron valimiento sobre indios, mestizos y españoles, ya que la villa era el centro de operaciones del corregimiento.

El corregidor no estaba permitido de participar de otro tipo de ganancias, aparte de su sueldo fijo. Pero como esta percepción monetaria no alcanzaba para que mantuviera el oropel de su nombramiento, fue aceptado a formar parte de un repartimiento, que era una licencia exclusiva para efectuar comercio con los indígenas a los cuales ofertaba productos que debían comprar obligados y con precios superiores a los que banalmente se podían adquirir. La cadena de abusos creció pues los corregidores se prestaban dinero para importar los productos comerciables, y para ello obtenían préstamos de otros negociantes locales; lo cual era otra causa del encarecimiento de los productos. Estos tipos de movimientos comerciales despertaban la rivalidad, la envidia y el endeudamiento de casi todos los personajes de la villa. Los indios mantenían sin término juicios contra los abusos de los corregidores. En 1781 era corregidor don Ramón Urrutia y las Casas, y ni él mismo podría afirmar sobre la rectitud de sus hechos.

En Oruro existía un entrelazamiento de intereses directos, actos codiciosos sobre los salarios, ambición de los puestos que podían dejar beneficios ilegales, y hasta otros que podían otorgar a sus poseedores la calidad para situarse en un lugar alto dentro de la sociedad. En todos estos niveles de poder crecía la posibilidad de delinquir. Los criollos tenían las atribuciones para lograr sus pretensiones, pero también los mestizos, que cada vez obtenían mayores posesiones de tierras y minas, y no escondían sus deseos de usufructuar de cargos más rendidores. Esta lucha por los puestos políticos sería el mecanismo percutor de la revuelta. Por razones geográficas y por su situación en el centro altiplánico, convergieron los motivos de desacato a los intrusos, que lejos de organizar la administración se preparaban zancadillas entre ellos. Por estas mismas razones, los pobladores naturales comenzaron a lucubrar teorías contra el sojuzgamiento, y lo que en 1793 fue una asonada interrumpida, basada en ideas para enjuiciar el sistema opresivo, y consecuentemente desnudar el orgullo clasista y la angurria de los “guampos”, en 1781 sería el volcán incontrolable. Los alcaldes tenían importantes responsabilidades en la justicia ordinaria, pero sus intervenciones se efectuaban en niveles inferiores de tribunales. Esto les servía para gozar de influencias sobre sus conocidos que actuaban en relación con la ley, pues en numerosas ocasiones se permitían forzar decisiones y frustrar o postergar las resoluciones. El cabildo como no tenía los suficientes recursos pedía contribuciones privadas, en pago de los cuales se obtenían sentencias que deprimían los intereses comunes de la población, y en cambio se conjuncionaban muchos intereses privados en uno colectivo, que conseguía incluso que las deudas no se saldaran al tesoro real.

Estas peculiaridades de la justicia y las necesidades económicas sintieron la erupción de 1781, como una hecatombe provocada por los acaecimientos precedentes. Lejanos estaban los años de la conquista en que hombres decididos se abrieron paso entre tormentas, batallas, pendencias y zafarranchos. Igual si al frente aparecieron cordilleras gigantescas, ejércitos organizados de nativos, alimañas, ríos caudalosos, junto con el viento huracanado, o bizarras tribus sólo rezongantes. Les había costado hollar, por eso se sintieron muy dueños de los territorios.

Mientras el indígena se acogía a la resignación y a entregar su faena como trabajo forzado, el ibero le fue negando su cualidad de humano, primero, después de obrero, y al final, de gente libre. La idea libertaria surgió espontánea en Oruro, porque no se necesita estudiar tratados ni a enciclopedistas para percibir que la libertad no existe en un territorio y que se vive oprimido. No necesita doctores que lo inflamen con su verbo. El pueblo siente cuando está sojuzgado. En Oruro, éste se levantó inesperadamente, en proporciones colosales y sin medir consecuencias.

El 9 de febrero de 1781, por noticias crecientes de una invasión de la indiada a la villa, los criollos se acuartelaron por orden del corregidor español y se dispusieron, de acuerdo con planes defensivos de antiguo instaurados, salir a patrullar o, en caso necesario, combatir a los atacantes. El capitán Menacho y su alférez Azurduy hicieron circular el rumor de que habían sido acuartelados para ser pasados a cuchillo por los españoles, los que a su vez  creyeron que aquellos estaban en connivencia con la indiada. Las mujeres de los acuartelados llevaron armas cortantes a los milicianos, los que se rebelaron provocados por las actitudes altaneras del corregidor Urrutia. Esta reacción fue instintiva porque el denominador común entre mestizos, criollos e indios de la villa era el odio al peninsular.

Las distintas compañías abandonaron sus posiciones y deambularon indisciplinadamente por las callejuelas. Urrutia amenazó con iracundia a los milicianos, y pretendió hallar a don Jacinto Rodríguez, que hasta hace poco había sido autoridad de la villa, para que lograse la pacificación. El momento de la detonación había llegado pues se temía que se hubiera descubierto que don Jacinto era el que manejaba secretamente los acontecimientos. Al día siguiente, se exasperaron los humores, se produjeron disparos que la nerviosidad hizo contestar, y “la gentalla” arremetió contra una casa de europeo que por su construcción se adaptó como fortaleza para defender a los españoles que allí se habían parapetado. Entre los atacantes se destacó Sebastián Pagador que horas antes había lanzado una arenga reclamando la libertad y conjurando a luchar hasta la muerte por conseguirla. La forma en que se exteriorizaron ciertos razonamientos, el tono cómo se los pronunciaba, el temperamento de quienes escuchaban, condujeron a actos emocionales inolvidables. Como esas frases de Pagador que, penetrando al fondo de las conciencias, les sirvió como lección de patriotismo y tuvieron la virtud de que sean repetidas hasta en los rincones de Oruro.

Después de largo combate se incendió la mencionada casa, y se saquearon las demás viviendas de foráneos, dando muerte a cuanto europeo se encontró. Aparecieron Jacinto Rodríguez, Manuel Herrera y Clemente Menacho, los líderes del sector criollo y de los milicianos. Al primero se lo nombró Justicia Mayor con lo que se consolidó el triunfo de la revolución. En la hora escogida por el destino, don Jacinto creció en la magnitud que esperaba la historia. Lo que él solamente pudo ver en la nebulosa del futuro, arrastró a los demás pobladores de Oruro. Su ideal lo conocieron todos, pero algo suyo ebulló más aún, para luchar en el interior de ellos. Su hombría de entonces pudo quedar en los anales de siempre.

El 11 de febrero ingresaron contingentes de indígenas con el criterio de ayudar a los criollos, buscaron españoles escondidos y cometieron toda clase de excesos. Rodríguez de Herrera planeó establecer un gobierno independiente, y porque tenía convocatoria sobre los indios, les prometió reformas tributarias y actitudes liberales; los indios de Sorasora creyeron consolidar así un capítulo previo para la llegada de Túpac Amaru. En medio de la euforia de los vencedores, Sebastián Pagador habría arrancado las Armas Reales como muestra de la oposición que existía al estado español. Se produjo una conciliación momentánea de criterios entre los rebeldes campesinos y urbanos. Los caminos paralelos de sus vidas se juntaron, enseñando que algún día se podía producir la amalgama de las razas del continente. Sin embargo, no cayó el telón de la revolución cuando, algunos meses después, retornaron tropas españolas, sino cuando los intereses pequeños, egoístas, de ambos grupos triunfantes se enfrentaron, llevándoles a batallar mutuamente.

Llegó 1781 como para demostrar que la cordura y la demencia son vecinas. Los españoles actuaban con picardía frente a los mestizos, y deseando mover a éstos contra los naturales de un territorio que ya amenazaba la descompostura de la sublevación. Los habitantes de la pequeña villa sorprendieron a los peninsulares con actitudes desacostumbradas de desprecio, y a partir del 9 de febrero con verdadera acrimonia.       Era un tiempo de criterio ambivalente. No se podía dilucidar si América era de los españoles que gobernaban, o de los nacidos en la propia tierra. Los símbolos que definían este sofisma de la dualidad no se habían perdido por la intervención de la Conquista. Al influjo del signo de Túpac Amaru se azuzarían los seres; la marca del sol brillaba en el pecho del inca reclamante. Los criollos de Oruro no entendían de un modelo material sino que al fin restauraban su idea de libertad censurada. Los episodios de incendios, pedreas, balazos, heridos, muertos, se sucedieron casi al mismo tiempo que los alegatos y las arengas callejeras. Con esto tan simple los habitantes sintieron que el mito del estado todopoderoso se derrumbaba, y así se acreditaba que esta región no necesitaba de España. Cimentaban sus propósitos nombrando alcaldes criollos para conseguir la exención de impuestos, y llevados por su ligereza tumultuaria ordenaron la desaparición de toda forma física que recordara al gobierno extranjero. Las iglesias fueron respetadas porque mantuvieron la idea de que Dios era de ellos. Otros iconos, vistos como ajenos, fueron destrozados, por eso el escudo de la Corona fue empujado desde la altura de una casona para hacerla añicos.

La revolución indo-mestiza de febrero de 1781 obedeció a un plan aparecido con premura en la Villa, alentándose quizá en el respaldo de la beligerancia en los campos. No fue un discurso bien pronunciado que infundió milagrosamente la idea de libertad en los pobladores de Oruro; fue la acción de la población íntegra que se movía tras de un solo fin e impulsado por los mismos motivos y desde mucho antes. Fue la acción de las masas para el logro de un objetivo. Los abusos de los representantes reales provocaron esta reacción. Es posible que una villa minera, sembrada en la aridez de un altiplano ilimitado, no haya efectuado una bárbara insurrección contra España inflada de una valentía rayana en la locura, sólo porque su valor ya no podía ser contenido, sino que, tal vez, calculando la dispersión de la rebelión de Túpac Amaru, habría pensado que llegaría como apuntalamiento del motín. Esta insurrección obedeció a móviles similares a los que tenía la indígena.

En una etapa posterior el intento de hacer desaparecer políticamente a la figura de Rodríguez de Herrera fue el chispazo de la deflagración criolla. Los mestizos también veían en él la tabla de salvación en la creciente marea de su opresión económica. La reacción fue la lógica, pero también la que venían preparando los hermanos Rodríguez, Caro, Herrera, Menacho, Flores, muchos intelectuales criollos y el padre Patricio Gabriel Menéndez.

Jacinto Rodríguez tenía la disposición natural para destacarse en su colectividad, que en su época era numerosa porque Oruro era un centro minero y comercial de primera magnitud con una población cercana en número a la de Potosí y constituida por europeos, mestizos, indios y esclavos africanos. Era un hombre importante e inteligente pues, con el esfuerzo aunado de su hermano Juan de Dios, logró que los yacimientos minerales condicionaran el movimiento económico de la región.

El comportamiento de los chapetones y la débil actitud del Corregidor y los Alcaldes, llevaron a un resultado sanguinario. Pero posteriormente a la detonación, se asomó el ideario de la insurgencia. El demostrar que el hombre, aunque no haya nacido emancipado, puede enseñar el derecho legítimo de su tierra a ser libre, aún a costa de la vida de sus habitantes. El sentir la libertad en el organismo como un sexto sentido, sin necesidad de estudiarla en universidades. El percibir que la libertad significa vivir con las peculiaridades de su pueblo, y a dictarse sus leyes propias. Derechos que no tenían ni los criollos. Jacinto Rodríguez de Herrera los implantó en la villa muchísimos años antes de que se esbozaran las proclamas de libertad en otros lugares.

Lo que se hizo entonces en Oruro -ocasionando una de las primeras sublevaciones en el territorio de Charcas, o Alto Perú, mucho antes que las de otros centros privilegiados-, una revolución que fue profunda y en base a conceptos filosóficos, fue demostrar que la acción tumultuaria podía hacer desaparecer cualquier forma física que recordara al gobierno extranjero. Los iconos ajenos fueron destrozados. El escudo de la Corona, tan temido, fue empujado para que se hiciera añicos. La más grande afrenta a España se asestó con aquella acción. Nadie habría pensado en un primer momento si ocasionaría consecuencias funestas. O el populacho, sin conocer la Historia, no sabía que el rey haría lavar con sangre ese ultraje. No hubo temor.