II.- HOMENAJES


HOMENAJE A ANTONIO JOSÉ DE SUCRE[1]

 Ramiro Samos Oroza

El Jeneral Sucre ya salió de Bolivia i estará probablemente en su patria.  El ejemplo de sus infortunios, es una fuerte lección para los hombres.  Proponemos la imitación de su conducta en la desgracia a todos los americanos.  

El Jeneral Sucre, vencedor en Pichincha y en Ayacucho, no inspiró nunca el interés ni la admiración que hoy nos arranca el Presidente de Bolivia, herido, traicionado i ultrajado, pero siempre virtuoso, firme, leal i patriota.” [1]

 Así se expresaba un general español del padre de Bolivia, y con cuánta razón, porque si hombre magnánimo hubo, fiel cumplidor de sus deberes, subordinado leal, justo y honrado, fue don Antonio José de Sucre y Alcalá. 

Alfredo Jáuregui Rosquellas, uno de los mejores entre los muchos biógrafos del Gran Mariscal, condensa en cuatro muy cabales adjetivos a su biografiado llamándolo héroe, sabio, mártir y santo.[2] 

Sucre, nació en Cumaná el 3 de febrero de 1795, hijo de Vicente Sucre Urbaneja y María Manuela Alcalá, se casó con Mariana Carcelén (Marquesa de Solanda) y con ella tuvo una sola hija, Teresa.  Pero, él además tuvo en Chuquisaca como a hijo natural con Manuela Rojas, a Pedro César, nacido el 10 de junio de 1828[3].  Huérfano de madre desde muy temprana edad, siguiendo su carácter reflexivo y mesurado, siguió con éxito sobresaliente  cursos de ingeniería, sin descuidar la lectura de las obras clásicas de la antigüedad.  Muy joven, se alistó entusiastamente en el ejército patriota al mando de Francisco de Miranda, y cuando Bolívar recomenzó la campaña para reconquistar lo que se había perdido en Coro y Maracaibo, Sucre fue uno de los que tomó puesto avanzado a órdenes del Libertador.  A sus 19 años era ya Comandante del oriente venezolano y dice Bolívar de él, refiriéndose a esta época de su vida:

Él era el alma del ejército en que servía.  El metodizaba todo: él lo dirigía todo, más con esa modestia, con esa gracia con que hermosea cuanto ejecuta.  En medio de las combustiones que necesariamente nacen de la guerra y de la revolución, el general Sucre se hallaba frecuentemente de mediador, de consejero, de guía, sin perder nunca de vista la buena causa y el buen camino.  Él era el azote del desorden y, sin embargo, el amigo de todos.[4]


[1] Discurso pronunciado con motivo del 20º aniversario del natalicio del Gran Mariscal de Ayacucho en la Casa de la Libertad, Sucre, 2013.
[2] José María Rey de Castro, Recuerdos del Tiempo Heroico.” Pájinas de la vida militar y política del Gran Mariscal de Ayacucho. Guayaquil. Imprenta de Calvo i Compañía, 1883, p. 324, edición facsimilar, Talleres Gráficos de Ausonia S.A., Lima, 1995. 
[3] El Gran Mariscal de Ayacucho, Alfredo Jáureguy Rosquellas. Editorial López y Cia.,Cochabamba, 8 de mayo de 1928.[4] Op. Cit. Ricardo Palma
[5] Op. Cit. Págs. 65-67. Alfredo Jáureguy Rosquellas. 

El período de audacias guerreras y aventuras temerarias por la libertad, tuvo en Sucre a una figura de primer orden.  Remando toda una noche sobre un baúl en el mar de las Antillas después del naufragio del barco que fue a la isla de Trinidad para conseguir armas, lo vemos, como dice Alfredo Jáuregui Rosquellas en su biografía de Antonio José de Sucre "....comandando el batallón 'Colombia' en los desiertos de Maturín; planeando la campaña para el ejército del general Bermúdez; agenciando recursos en Jamaica; cumpliendo las órdenes de Bolívar, y marchando sobre Quito, que defendía Aimerich [. . .]"[1]  

 En todo este quehacer es tan grande y generoso, como en noviembre de 1820 en Trujillo, firmando con el general español Pablo Morillo, el célebre 'Tratado de regularización de la guerra', en cuyos 14 artículos está impreso el humanismo del Gran Hombre: los vencidos serían respetados y tratados con piedad, porque la guerra por la independencia en esta parte del mundo fue dura, brutal y enormemente cruel, en la que no faltaron incendios de poblaciones enteras, se puso en ejercicio la cuchilla de los verdugos, no se respetaron prisioneros, enfermos, ancianos ni niños, por los dos bandos en contienda.  Fue “la guerra a la muerte”, en la que: 

[. . .] los unos combatían por su libertad, por el decoro de su raza, por la tranquilidad de sus hogares y por la independencia de su patria, los otros sostenían la causa de su rey, sus principios, su organización tradicional y las ventajas tradicionales que disfrutaban en la situación establecida y afirmada, que los revolucionarios trataban de destruir.[2]

 El 24 de mayo de 1822 al mando del ejército patriota, Sucre logra una de sus más grandes victorias militares en Pichincha (monte que hierve)[3] al derrotar al general español Aymerich, consiguiendo así la independencia del Ecuador.

Dice de la batalla de Pichincha la Enciclopedia Libre Wikipedia en internet: 

La derrota de las fuerzas españolas condujo a la liberación de Quito y aseguró la independencia de las provincias que pertenecían a la ‘Real Audiencia de Quito’, también conocida como la presidencia de Quito, la jurisdicción administrativa colonial española de la que finalmente emergió la República del Ecuador.  

Pero no fue solamente una muestra del genio militar, sino también de su gran bonhomía, porque la capitulación de Pichincha es una página brillante en la historia de las generosidades de Sucre, que luego repetiría en la capitulación de Ayacucho. 

Cuando luego de la entrevista de Guayaquil entre Bolívar y San Martín, éste se retira del Perú, el Libertador asume para sí la responsabilidad de libertar al Perú, poniendo a la cabeza de su Ejército al General Sucre que "[. . .].entró en Lima vitoreado y lleno de fe en el triunfo, muy lejos, por cierto, de pensar que llegaría un momento en que sus méritos fuesen discutidos y sus facultades restringidas".


[5] Op.Cit. Págs. 65-67. Alfredo Jáureguy Rosquellas.
[6] Op.Cit. Págs. 65-67. Alfredo Jáureguy Rosquellas.
[7] Organización de la República boliviana. María Luisa Kent. U.A.S.B, Enrique Ayala Mora, editor, p.189`.
[8] Sucre y la organización de la República en 1825,.Estudio Preliminar por Gunnar Mendoza L., Editorial .Judicial, 1998, Sucre, Bolivia, p. XXIV.

Luego de la batalla de Junín del 6 de agosto de 1824, empezó la preparación de la que habría de ser la que sellara en definitiva la independencia de esta parte del Nuevo Mundo.  Luego de algo más de cuatro meses en que los ejércitos realista y patriota tuvieran movimientos estratégicos, encuentros y retiradas, ofensivas, fugas y otras operaciones bélicas, se produjo el 9 de diciembre de 1824 la batalla de Ayacucho, (rincón de muertos)[9] en la que los patriotas mandados por Sucre, no obstante su gran inferioridad numérica y de armamentos, lograron derrotar al ejército español mandado por el propio Virrey La Serna. 

Wikipedia, la enciclopedia libre en internet, dice de la batalla de Ayacucho que: 

[. . .] fue el último gran enfrentamiento dentro de las campañas terrestres de las guerras de independencia hispanoamericana (1809-1826) y significó el final definitivo del dominio colonial español en América del Sur.  La batalla se desarrolló en la Pampa de Quinua o Ayacucho, Perú, el 9 de diciembre de 1824.  La victoria de los independentistas supuso la desaparición del continente militar realista más importante que seguía en pie, sellando la independencia del Perú con una capitulación militar, que puso fin al Virreinato del Perú. 

Pero aquí no quiero hacer una apología al genio militar, y sí al hombre magnánimo y piadoso, que encontramos en la 'Capitulación de Ayacucho' suscrita con el general español Canterac.  La generosidad de Sucre, otorgó estas concesiones a los vencidos:  

Todo individuo del ejército español podrá libremente regresar a su país, y será de cuenta del estado del Perú costearle el pasaje (Art.2º).  Ninguna persona será incomodada por sus opiniones anteriores, aun cuando haya hecho servicios señalados a favor del rey (Art.4º). Todos los jefes y oficiales prisioneros en la batalla de este día, quedarán desde luego en libertad, y lo mismo, los hechos en anteriores acciones por uno y otro ejército (Art.15).  Los generales, jefes y oficiales conservarán el uso de sus uniformes y espadas; y podrán traer consigo a su servicio a los asistentes (Art.16).[10] 

La verdadera grandeza de un hombre se la aquilata realmente en momentos en los que se halla en la cima de su gloria y poder, más que en las adversidades de su vida. 

Sucre cruza el Desaguadero y siendo como era de su plena e íntima convicción la independencia del Alto Perú, dicta el famoso Decreto de 9 de febrero de 1825, convocando a Asamblea a los diputados de Charcas para que resolvieran su destino.  Este decreto es, a juicio de Valentín Abecia, la primera acción legislativa que dio consistencia a la República de Bolivia.  No ignoraba el Gran Mariscal los conflictos que tendría con el Perú y la Argentina por esta decisión, y así le escribe a Bolívar: "[. . .].la situación del país [las provincias altas] está tan embrollada que ya estoy preparado a recibir mucho látigo de los escritores de Buenos Aires, y dispuesto a perder del Perú la gratitud de mis servicios".[11]  Lo que no supuso fue el disgusto que le causaría al Libertador, que significó que el Gran Mariscal renunciara a las funciones que Bolívar le había encomendado en Charcas;


[9] Notas Sobre el Mariscal Sucre en Bolivia, René Arze Aguirre, U.A.S.B. Enrique Ayala Mora, editor p. 181.
[10] Corte Suprema de Justicia, pasado y presente,  Editorial .Judicial, Sucre, Bolivia,  1989, p.118.
[11] Sucre, héroe y mártir de la libertad americana,  Guillermo A. Sherwell, Caracas, 1995, pp.163-164.

renuncia que como es bien sabido no fue aceptada y el tema no pasó de ser entre ellos un enojoso momento inicial, luego superado. 

Cuando la Asamblea Constituyente encomendó a Bolívar la redacción de la primera Constitución, Sucre propuso al texto modificaciones, supresiones y adiciones.  "En la Constitución sancionada por el Congreso de las diecinueve proposiciones de Sucre, se incorporan en el texto nueve; ocho son rechazadas; y dos influyen en la modificación de redacción".[12] 

El Gran Mariscal, muy a pesar suyo y por el alto sentido de cumplimiento del deber que tenía, asumió la Presidencia de la República el 29 de diciembre de 1825.  A sus 30 años, ha sido el Presidente más joven de toda nuestra historia, y estuvo al mando de la Nación hasta el 18 de abril de 1828, cuando ocurrió el nefando motín del cuartel de Granaderos (San Francisco), en que una descarga de balas le rompió el brazo derecho, que con heroísmo había blandido la espada gloriosa de Pichincha y Ayacucho, firmado el decreto del 9 de febrero de 1825, y un sinnúmero de disposiciones en beneficio de la recién nacida República.  Ese motín fue alentado por  enemigos externos de Bolivia, con la complicidad de hipócritas y ambiciosos bolivianos, que por lo mismo eran adulones en presencia del Gran Mariscal.  Uno de los autores de la revuelta fue Casimiro Olañeta, quien se refería al Mariscal como al “carajillo de Sucre”, por el encono que le tenía, ya que el vencedor de Ayacucho, lo fue también de él conquistando a Manuela Rojas, con quien tuvo un hijo al que reconoció, como quedó dicho. 

Es enorme la obra administrativa de Sucre en el ejercicio del gobierno.  Fueron su constante preocupación los temas de la siempre deficitaria hacienda pública y así: 

[. . .].adoptó las siguientes disposiciones ejecutivas con vista a la recuperación financiera del país: levantamiento de cuadros demostrativos de ingresos departamentales en los cinco años anteriores al ingreso del ejército libertador, para el cálculo fundado de las rentas comunes anuales y la adopción de reformas conducentes a su acrecentamiento; remisión mensual de presupuestos departamentales de ingresos y egresos para fines de control; adecuación estricta de los gastos a las disposiciones legales; cobranza perentoria de los débitos a las cajas públicas, especialmente los de contribuciones; limitación de empréstitos a los casos de necesidad rigurosa; supresión de gastos superfluos. [13]   
Y como era fiel cumplidor de sus propias disposiciones "[. . .].al denegar la autorización que le había pedido la Municipalidad de Potosí para contraer un préstamo con destino al pago de los gastos de la recepción de Bolívar en esa ciudad, dice Sucre:' Sería una vergüenza y una arbitrariedad espantosa permitir imponer un empréstito forzoso para recibir al Libertador".  Siguiendo en el tema de la hacienda pública, trató de establecer un impuesto único, mas como éste fracasara "optó, como medida extrema, subordinar los bienes de la iglesia en beneficio del Estado, confiscando para ello las propiedades urbanas y rurales de todas las órdenes religiosas del país, así como las capellanías y otros derechos


[12] El Mariscal Sucre en Bolivia, William Lee Lofstrom, Edit. e Imprenta Alenkar Ltda., La Paz, 1983, pp.445 446.
[13] Corte  Suprema de Justicia, pasado y presente, Editorial .Judicial, Sucre, Bolivia, 1989. p.78

[14] eclesiásticos”. Es que el Mariscal era hombre de arrojo y determinación en su vida pública y privada.

La educación y la seguridad pública fueron también preocupación del Mariscal. Pero quizás donde su obra administrativa tiene mayor importancia es en la administración de justicia, que lo llevó a instalar a la Corte de Chuquisaca, el 27 de abril de 1825, y a la Corte Suprema de Justicia el 16 de julio de 1827. Las palabras que en aquella oportunidad pronunciara el Gran Sucre, dirigiéndose a los primeros ministros del Tribunal, hoy siguen teniendo validez. Dijo:

[. . .]..Bolivia...ve en este Tribunal respetable, que gozando de una absoluta independencia del gobierno, tiene en sus manos todas las garantías contra el influjo del poderoso, y los abusos de la autoridad. Mi alma fluctúa entre las esperanzas de vuestra conciencia, y el temor de vuestros deberes”. Y más adelante dijo: “La vida, la fortuna, el honor de los bolivianos quedan depositados en vosotros [. . .]"

Durante su gobierno, que se caracterizó por la honradez, clemencia, tolerancia y bondad, ni en medio de los peligros, se degradó a quebrantar las instituciones y a manchar su administración por un solo acto, cuando en toda ella no traspasó nunca una ley. No hizo jamás gemir a ningún boliviano, ninguna viuda ni ningún huérfano sollozó por su causa. ¿Cuántos de quienes hasta ahora le sucedieron en la presidencia, de verdad y con legitimidad, podrían decir lo mismo?

Se dice también, que en El Cóndor de Bolivia, el primer periódico boliviano que se editaba en esta ciudad, muchos artículos eran de la inspirada pluma del Gran Mariscal.

Cuando por primera vez entró a esta ciudad se le tributó un apoteósico recibimiento, se le abrieron los salones más aristocráticos y las damas más distinguidas se desvivieron por él. Pero luego la maledicencia del chuquisaqueño, influido por el clero que vio mermadas sus arcas, las ambiciones y mediocridad de algunos políticos, le hicieron la vida muy difícil. Hábiles como siempre para los apodos, lo llamaban despectivamente “el zambo” o, “el mulato”, por sus aparentes rasgos negroides.

Personalmente Sucre era un hombre recto y honesto, de vida inmaculada. Sin hacer ostentación de una recalcitrante virtud, vivió en austera pureza, ayudado por su devoción a los estudios y su absoluta concentración desde la infancia a la causa de la libertad. Los tesoros pasaron por sus manos y él permaneció en la pobreza. Tenía toda la brillantez de la fama y no utilizó su prestigio para adueñarse o mancillar el honor de cualquiera. Era modesto, por su manera de vestir se le hubiera tomado por un simple oficial. Era orgulloso, tanto como puede serlo el orgullo legítimo, y nadie, ni Bolívar mismo podía humillarlo sin que reaccionara contra la ofensa. Generoso a tal grado, que fue el más ardiente defensor de un hombre que trató de asesinarlo e inmediatamente le suministró recursos para que abandonara el lugar de su crimen. Severo e inflexible en castigar al que se revelase contra la disciplina o pusiera un obstáculo en el camino de la libertad. Liberal con el dinero hasta el punto de que casi siempre no tenía para sí mismo. Pero su economía era extremadamente


[14] Ibidem.

rígida cuando se trataba de los fondos públicos [. . .].Apasionado con sus amigos, pero no los tenía cuando la amistad chocaba con el deber.[. . .] 

Los propósitos que buscó el Mariscal durante su administración en Bolivia, adelantándose a su época, lamentablemente no tuvieron la acogida que era de desear.  Dice al respecto William Lee Lofstrom:  

El programa de reforma de Sucre en Bolivia, tenía como objetivo básico, la reducción y eliminación de las diferencias políticas y socio económicas que por centurias habían fragmentado la sociedad alto-peruana.  La reforma atacaba las verdaderas bases de la estratificación social al sustituir el impuesto universal en lugar del tributo indígena.  Las innovaciones educativas y sociales buscaban la conversión de las víctimas de la discriminación y represión colonial –la mayoría indígena de Bolivia -- en ciudadanos de la república, en base a la igualdad teórica con la élite criolla.  Para los patrones de hoy día, las medidas que se tomaron para lograr este cambio revolucionario parecen moderadas.  El fracaso eventual de la reforma sin embargo, demuestra que en el contexto de esa época, la eliminación de diferencias sociales y económicas era considerada una propuesta muy radical.  

Sucre dejó esta ciudad el 30 de septiembre de 1828, retornando a Quito al encuentro de su esposa.  Sin embargo, ha de dejarlas al producirse el ataque peruano a Colombia.  Nombrado Comandante de la Campaña en el carácter de Jefe Militar del Sur, cuyos plenos poderes fueron conferidos por Bolívar, Sucre obtuvo la victoria definitiva en el Portete de Tarqui, en un resonante triunfo sobre La Mar y Gamarra.  Fue su última acción de armas pero prosiguió su actividad pública cuando fue elegido miembro del Congreso Colombiano y Presidente de dicho Cuerpo Legislativo. 

[. . .].cansado de la pérfida conspiración, de las intrigas y de las ambiciones contrarias a su afable temperamento, resolvió el retorno a la vida hogareña en Quito, decisión que sus amigos censuraron y trataron de desalentar aconsejándole no salir de la ciudad [de Bogotá], temerosos que se atentara contra su vida.  Le aconsejaron considerar siquiera el cambio de ruta, pedido que él se negó a escuchar.  No creía tener enemigos personales.  Jamás había hecho daño alguno, por eso emprendió el camino sin temores.  Pero la política y el temor de quienes veían en él un obstáculo a sus ambiciones, ya habían resuelto su eliminación.  Cuando se había adentrado despreocupadamente cuatro kilómetros en la quebrada de Berruecos, tres disparos dieron fin a su ejemplar existencia.  Un proyectil penetró en la cabeza y dos en el pecho cortaron la vida al varón inmaculado, al genio militar, al gobernante probo y sabio.  Era el 4 de junio de 1830. 

El mejor homenaje que a Sucre que podemos rendir hoy es llevar siempre en nuestro espíritu lo que él quiso que fuera nuestra República: un país libre, donde se respeten la vida, la propiedad y las ideas ajenas, porque como él mismo dijera en su mensaje de despedida al Congreso Extraordinario de 1828: “[. . .] los hijos de Bolivia aman su independencia, y [que] no caerán ni en los astutos y secretos lazos que se les preparan.”  

Es pues nuestro deber ciudadano permanecer vigilantes para no ser arrastrados a la vorágine de desintegración de las instituciones fundamentales de la República, porque así  estaremos cumpliendo también con su ya famosa frase:  

Aun pediré otro premio a la nación entera y a sus administradores: el de no destruir la obra de mi creación; de conservar por entre todos los peligros la independencia de Bolivia; y de preferir todas las desgracias, y la muerte misma de sus hijos, antes que perder la soberanía de la República que proclamaron los pueblos, y que obtuvieron en recompensa de sus generosos sacrificios en la revolución.   

Si parece un pedido hecho hoy.  Cumplámoslo como integrantes que somos de la nación entera, no veamos indolentes ni con desidia lo que ocurre en nuestra amada Bolivia, fundada por él a quien ahora rendimos este justo y sincero homenaje de gratitud, admiración y respeto.