SOCIEDAD GEOGRÁFICA Y DE HISTORIA "SUCRE"


DOS CARTAS DE INDALECIO GONZÁLEZ DE SOCASA,UN REALISTA RECALCITRANTE EN POTOSÍ[1]

Juan Isidro Quesada Elías

Era don Indalecio Gonzales de Socasa uno de los últimos representantes del bando realista en Potosí que logro realizar una importante fortuna y un rol social destacado en la región. Índice de ello es el destacable retrato, importante entonces, que se conserva en el Museo de la Casa de la Libertad en Sucre,

Nuestro personaje nació en Santander (España) en 1755. Joven se trasladó a América, entrado por el Río de La Plata. En 1789 estaba en Potosí como empleado del comerciante porteño Juan Ramón Ugartechi. Su situación social fue casi de inmediato reconocida en las altas esferas sociales de esa ciudad. Y así, en 1789, casó con doña Josefa Anzoleaga, nieta del oidor López Lispergüer y prima hermana del segundo Conde de Casa Real de Moneda, quien además tenía una buena fortuna. Poco a poco don Indalecio fue cimentando un capital que a poco fue cuantioso. Fue el comerciante mayorista más importante de la villa. Y como era de proveer, dada la ciudad en que vivía, incursiono en la minería. Así fue apoderado del minero Ubina y a poco entró en sociedad en el mineral de Siporo, asociado al capitalista Balacúa y el Coronel argentino Alcaráz. También fue dueño de varias fincas vitivinícolas, entre los cuales merece citarse san Pedro Mártir, viña ésta que aún tiene gran importancia en Bolivia y que fue patrimonio luego de los Condes de Casa Real de Moneda.

Como toda persona perteneciente al estamento noble en Indias, don Indalecio entró en las milicias urbanas en Cusco como capitán (1784). Catorce años más tarde se le nombró Coronel del Regimiento de Infantería de Porco. Finalmente, en la segunda década del siglo XIX obtuvo el grado de Brigadier del ejército real. En Potosí fue alcalde de primer voto (1797) y el año siguiente procurador general de la Villa.

Pero es durante la guerra de los 15 años de la independencia, cuando el personaje que tratamos se proyectó a un ámbito militar destacado. Se alistó en el bando realista actuando en varias batallas contra los llamados insurgentes de Buenos Aires. Combatió en la expedición a Puna (1810) y en las batallas de Cotagaita y Suipacha en el mismo año, y en la defensa de Oruro el año siguiente. Viendo los resultados de estas campañas, se retiró a la ciudad de Tacna en el Perú. Allí tuvo que sufrir los avatares de todos los acontecimientos que se dirimían en el Alto Perú. Y especialmente comprobó que su fortuna se deterioraba con rapidez, no sólo por las reiteradas contribuciones que le obligaron a pagar ambas facciones en pugna sino lo peor de todo, el cese de su comercio con todas las provincias de los Virreynatos del Perú y del Río de La Plata. Al volver a Potosí sufrió aún mayores desventuras. En 1815 guerrilleros partidarios del gobierno porteño asaltaron su casa, robando todo cuanto de valor en ella había. Su actividad se centró a partir de entonces en la viña San Pedro Mártir en el valle de Cinti, con cuyas rentas logró sustentarse hasta su
muerte ocurrida en 1820.  Sin hijos doña Josefa Anzoleaga, la viuda fue heredera de todos sus bienes que, a la vez a su muerte, fueron heredados por su prima doña Josefa (Chepa) Lizarazu López Lispergüer de Linares), heredera del mayorazgo del Condado de Casa Real de Moneda. 

Ésta es, a grandes rasgos, la biografía de este importante y rico comerciante, a quien le tocó vivir una época convulsionada de la vida Boliviana, y cuya muerte en el temprano siglo XIX significó también el final de una época de tranquilidad en ese espacio geográfico.  Es que la guerra de los 15 años fue para los habitantes de la antigua provincia de los Charcas una continua gimnasia dialéctica y política.  Las sucesivas invasiones de uno y de otro bando obligaron a los habitantes de sus principales ciudades, los más pertenecientes a la alta clase social, a no embarcarse en ninguno de ellos y a sonreír al que mandaba en distintos momentos, sea cual fuere el bando a que pertenecía.  Era única manera de sobrevivir en estos años tan controvertidos.


[1] Nota del Editor: El presente trabajo es una compilación de dos notas de prensa que aparecieron en el suplemento quincenal “Cántaro” del periódico El País de Tarija el 29 de abril de 2012 y el 9 de junio de 2013.  Agradezco la colaboración de Julio Remberto Valda en la trascripción

Y esa es la causa que llevó a don Indalecio Gonzáles de Socasa a redactar un documento el 20 de mayo 1811, enviado desde Tacna y en el cual ocultaba toda su anterior actuación en favor del Rey.  Dirigido al Gobernador de Potosí don Feliciano Antonio Chiclana, quien en Buenos Aires ocuparía cargos relevantes en su gobierno.  Chiclana a su vez hizo conocer la carta de González al doctor Juan José Castelli, vocal de la junta de Buenos Aires, en una nota que decía así: 

La instancia fue contraída a justificar D. Indalecio, su conducta inculpable en la parte que tomó en los negocios públicos que motivaron su salida a campaña por agosto de 1810.  Hacer presente su total separación, y exclusiva de ellos, desde que con la derrota de Suipacha, quedaron los pueblos del Alto Perú a la obediencia del gobierno de Buenos Aires, y protestan no variar este sistema, como lo ha verificado hasta la fecha haciéndose en este punto, singular a los demás que no han trepidado en tomar interés. 

Manifestó también: que hallándose falto de salud no podía restituirse al término de 60 días que se le habían prefijado en el indulto de 8 de febrero último, en cuyo concepto suplicó se devolviese su causa con el apoderado que tiene en aquella Villa, y que en caso de ser precisa su formal concurrencia se le prorrogase el término hasta el en que convaleciese de sus achaque: añadiendo otras particularidades accesorias relativas al negocio principal encaminadas al desembargo de sus bienes, confiscados absolutamente. 

Y aunque cuando llegó a Potosí esta solicitud, ya el señor Castelli tuvo cometido el conocimiento y resolución de la causa del Señor Gobernador, tuvo éste por conveniente suspender hasta dar parte al Superior, y aguardar la resulta la cual no se ha dictado según los avisos de Potosí hasta el 23 del indicado abril en que no había llegado.  Y como por esta demora se le recrecen a Socasa los atrasos, y perjuicios en sus negocios y los de sus acreedores, se dirige ahora con un nuevo Memoria suplicatorio para lograr el deseado buen despacho. 

Al propósito, ejercita el favor, y amistad del Señor Vicario Dr. D. Jacinto Aranibar suplicándole tenga la bondad de interesar su influjo, y respetos para con el señor Sr. Don Rafael José de Riglos, que parece se halla en aquella jurisdicción, y merece consideración al insinuado Sr. Representante Vocal, y también con el Sr. General Balcarce por las relaciones que tiene la Señora esposa de este con aquel: no dudando agregue a la recomendación, los buenos oficios que estime, a correspondencia del concepto que haya formado de mi conducta, y modo de pensar desde que he tenido el honor de merecer su agradable trato, a cuya fineza le será muy reconocido el suplicante. Tacna y Mayo 20 1811. 

Si bien volvió a su casa don Indalecio, no por ello fue bien visto su modo de pensar político y, como vimos, en 1815, su casa, situada en la calle de los caballeros (hoy Bolívar) cercana a la Iglesia de San Agustín fue asaltada y robado todo cuanto tenia por las tropas porteñas. 

Adelantándonos un poco en esta cronología, recordemos que la batalla de Salta fue ganada por el general Manuel Belgrano contra el ejército realista comandado por el arequipeño don Pio Tristán y Moscoso.  Fue la última batalla de las guerras de la independencia ocurrida en el actual territorio argentino. En ella mostró Belgrano su habitual consideración y generosidad con todos los vencidos, en especial con jefes y oficiales.  No hay que olvidar la antigua amistad que unía a ambos generales; tanto Belgrano como Tristán se trataban mutuamente con toda amistad, pues se habían conocido como estudiantes en España.  La rendición de los realistas en Salta fue incondicional.  Pero Belgrano, como lo hemos dicho, dejó a todos en libertad con la sola condición de no tomar las armas con los ejércitos patriotas.  Ese juramento no fue cumplido al levantarse las autoridades eclesiásticas partidarias del Rey.  Entre los oficiales de Tristán se encontraban varios alto peruanos empuñando las armas, y entre éstos don Indalecio Gonzáles de Socasa.

La distinguida Académica de la Historia doña Olga Fernández Latour, en sus investigaciones en el Archivo de Indias de Sevilla, descubrió en el archivo del Virrey Abascal interesantes documentos que se refieren a esta batalla y a los sucesos que le siguieron.  Son cartas escritas por tres oficiales de alto rango, una de don Pio Tristán, otra escrita por don Indalecio, y la tercera por un potosino que firma “Pablo”.  Esta documentación fue a parar con prontitud a manos del virrey Márquez de la Concordia Española don José de Abascal y Sousa, uno de los últimos funcionarios de relevancia que tuvo el Rey de España.

 La carta de Tristán está dirigida a su amigo y pariente el General don José Manual de Goyeneche, futuro Conde de Guaqui:

Mi general mi hermano y amigo.

Cinco noches sin dormir, tres vivaqueando con agua, y una acción perdida después de mil riesgos, considéreme cual estaré. Mil veces he sentido no haber perecido cuando tuve que defenderme sable en mano contra los enemigos que me rodearon, pues me es más sensible darte estos pesares y noticias que el dejar de vivir. Los enemigos que se situaron entre el camino de Tucumán y de esta el 16 por una marcha forzada desde Lagunillas al punto de Castañares, una y media legua de aquí, desde entonces hemos estado en correrías hasta el día de hoy en que se avisó de oficio lo sucedido. Si sobre vivo te daré parte circunstanciado desde Jujuy para donde procuraré salir de aquí pasado mañana. Atribuye nuestra pérdida a los ignorantes jefes y oficiales, y toma sobre esto tus medidas. Jamás tendré el dolor de no haber servido con el mayor empeño, y si soy tan desgraciado que no he podido llenar mis deseos, después de un Consejo de Guerra que espero, pasaré al rincón de una soledad que semejantes vicisitudes me había hecho apetecer. Mi alma y mi cuerpo están malos; a pesar de que existo.

La carta de don Indalecio Gonzales de Socasa a su esposa doña Juliana de Anzoleaga es de gran interés por ser quien la escribe y quien la recibió doña Juliana. Como lo hemos dicho era prima hermana de los Condes de Casa Real de Moneda por parte de las madres de ambos estirpes, los López Lispergüer y Quintana. Como hemos narrado don Indalecio logró cimentar una importante fortuna en base a la dote de su esposa y a sus trabajos prósperos y afortunados comerciales y mineros. Así se expresaba don Indalecio en su carta:

Hija mía y esposa de mi corazón.

Nuestra vanguardia ha perdido del todo su nombre y existencia con el último ataque furioso que nos dieron los contrarios a orillas de esta ciudad [Salta]. Todo, todo se ha perdido por la superioridad de sus fuerzas y debilidad de las nuestras que las desampararon vil mente. En medio de este desagradable suceso, hemos logrado unas capitulaciones ventajosas en las circunstancias. Entre ellas la de que se respetaran acá y allá las propiedades: juramentados sí para no tomar, oficiales ni tropa, las armas hasta que no se haga la paz, o que lleguen los enemigos al Desaguadero. Lo que te advierto para que no se hagan novedades en nuestros intereses. Sabrás lo demás por el Parte que sale para el señor General, de quien compadecemos. Duró tres horas la función. Recibí un balazo en el Lagarto del brazo izquierdo que me lo iba herido de uno a otro lado sin daño al hueso, y no es cosa de grave cuidado. Se nos conceden al retirarnos a nuestras casas el haber de cada uno y marcharé a la mía cuando esté sano de la herida. Avísale todo a nuestro Loli [¿} y resérvalo todo entre los dos. Es tuyo de corazón tu Indalecio.

Como hemos visto, Gonzales de Socasa volvió a Potosí en donde siguió siempre actuando a favor del Rey. Su vida acabó en la década veinte, salvándose así de ver la caída del predominio Español en América a raíz de la batalla de Ayacucho. Hoy en día una cartela puesta en su casa en Potosí, aún en pie, recuerda su memoria.