Antonio Dubravcic Luksic
Sergio Villa Urioste

La mayor gloria de la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca – durante el proceso de la gesta de la Revolución Maya – es haber sido no solamente un foco de cultura que durante la época colonial difundió desde sus aulas el saber filosófico y jurídico, sino en haber constituido a principios del siglo XIX, un centro de conciencia americana, una fuerza renovadora que contribuyó a la estructuración política y social de otros pueblos del continente” (Guillermo Francovich, “Pensamiento Universitario de Charcas”, 1948).

Fue, el rol de la Universidad de Charcas, tan decisiva en la iniciación de la primera gesta de libertad de América, que, mientras la Universidad de Lima hacía manifestaciones de aversión a la idea de la independencia y la de Córdova entregada al pleito entre franciscanos y clérigos seculares para tomar su mando, en vista que su dirección hubiera quedado ‘vacante’ ante la expulsión de los jesuitas acontecida en 1767, la Universidad de La Plata, Chuquisaca, ardía como una fragua del saber y de las inquietudes políticas.

Para la convergencia de esas acciones, en esos años previos, concurrieron jóvenes revolucionarios que fermentaron sus ideas y acciones en el laboratorio político e ideológico denominado: Academia Carolina. Según diversos historiadores que recogieron esas experiencias políticas, todos ellos coinciden en que este foro fue el verdadero hacedor de líderes y caudillos que timonearon la primera asonada revolucionaria del 25 de Mayo de 1809, en La Plata, Chuquisaca, y que posteriormente llevaron la lumbre idealista hacia la ciudad de La Paz que replicó sus acciones en la revolución del 16 de julio de 1809. Siendo, los líderes y caudillos dirigentes, en su mayoría, formados y salidos de las aulas de la Universidad de San Francisco Xavier.

La Universidad de Charcas influyó en la formación de la mentalidad y germinación de las ideas democráticas que dieron como consecuencia la independencia de las colonias españolas. En sus claustros se formaron los espíritus ponderados y equilibrados para la creación de las jóvenes repúblicas americanas.
La ciudad de Chuquisaca era pequeña durante la colonia, apenas contaba con 18 mil habitantes, pero la Universidad tenía en ella un lugar excepcional y su actividad desbordaba de los claustros para derramarse sobre el pueblo que, por lo mismo, vivía en todas sus clases sociales las inquietudes que agitaban al gremio estudiantil.

No menos de 70 doctores y de 600 estudiantes, criollos en su mayoría, unos 500 de ellos que venían de todo el virreinato, moraban entonces Chuquisaca, viviendo en contacto inmediato con los mestizos urbanos. Así se explicaba que el cholo chuquisaqueño sin saber leer ni escribir, fuera aquel entonces, como ningún cholo de otra parte, opinaban sobre los intereses del procomún.
Lucha intelectual y guerra fría.

Antes de la iniciación de la lucha armada del 25 de Mayo, se intensificó la lucha intelectual y se venció la resistencia monarquista, con los principios filosóficos y políticos implantando la guerra fría y proclamas ardientes y sedientas de emancipación.Frente a la fuerza del poder colonial, enardeció el “hervor intelectual y el calor político”.
Los hombres del 1809, sostuvieron su lucha filosófica y política con un realismo maquiavélico: astucia, engaño, halago, crueldad, violencia y mentira como instrumentos de acción social y como recursos para el manejo de los hombres. Los preparativos y repercusiones de los sucesos del 25 de Mayo de 1809 tuvieron una larga trayectoria. La labor de los agitadores y revoltosos Doctores de Chuquisaca, se inició en el plano de la acción en 1808 y culminó su dramático efecto en 1825.
 

 La preparación y el planteamiento de la agitación revolucionaria, se las efectuaban en reuniones o “Juntas cívicas” clandestinas y en casas no sospechosas. En ellas se impartían consignas para mantener permanentemente el espíritu subversivo de toda la población colonial. Los fogosos y satíricos manuscritos se elaboraban en las mismas y circulaban como moneda corriente y usual, como toda producción que se quería llevar al conocimiento público.
Los pendolistas eran los clandestinos editores de los manuscritos anónimos y subversivos que se fijaban en las paredes o circulaban de mano en mano secretamente; la liberación – como dice Gabriel René Moreno – era una institución pública.
Estos pasquines – dice don Jorge Delgadillo – eran tan alarmantes como el siguiente, formulado en la hilada seguidilla, que recogimos de labios de ancianos respetables, que figuran en los sucesos de entonces, y que pudieron formar juicio exacto de la tendencia y verdadera significación de todo lo ocurrido:
Autos y vistos:

Sentencia da, Mueran Ussoz, Pizarro y la Chapetonada.
Los oidores, manejaban muy bien la astucia y la picardía. Sabían que las paredes oyen: y por ello, en una de esas “ Juntas” en la casa de Ignacio Cuellar, ”pudo percibir – el vecino Cura Barrón – que se trató de vengar la injuria que el señor Usos había inferido al Claustro haciendo quitar en una función pública del entierro del señor Oydor honorario Don Juan José Segovia el cojín que por costumbre se ponía al rector de la Universidad y resolvieron en ella ahorcar a dicho señor Usos que noticiosos éste de ello y de que en seguido pasaría a cuchillo a los chapetones, llamó al Escribano de Cámara Don Ángel Mariano Toro”, “y como le notificase sobre ser cierta dicha conspiración contra su persona”, “trataron ambos el dirigir este procedimiento contra el señor Presidente – Pizarro – de quien recelaban los prendiese que esta resolución no le fue tan oculta de su excelencia y la tuvo de executar el arresto de dicho señor Usos, Fiscal, Zudáñez, y Anívarro con anticipación la que se frustró porque ya tenían tomadas sus medidas – los Oidores – para ejecutarla con su Excelencia como sucedió en dicha noche del veinte y cinco de Mayo”; así declara Don Jacobo Pope.

El declarante Don Miguel Tezanos Pinto, refiere que “era notorio y vio que los señores Ministros concurrían a la casa del señor La Iglesia en la Sala Capitular y en la del señor Ussos sin distinción de hora y sin el traje propio del decoro del Tribunal”.

Por otra parte “que en el momento que dio principio al tumulto endicha noche – del 25 de Mayo – fue buscado en su casa de orden del propio Tribunal y como no fuese encontrado en ella le solicitaron en la de Villodas de la que salió expresando ser ya preciso intervenir en ella sin poder excusarse”. Además, “oyó decir que antes del veinte y cinco de Mayo tenían en su casa los Zudáñes ochenta cholos y Gualaychos que es la peor gente armados”. “Dos noches precedentes a la del 25 de Mayo”, se celebraron “acuerdos y se dispusieron patrullas encabezada por los hermanos Zudáñez, Bernardo Monteagudo, Ussos y Juan Manuel Lemoyne, los demás regidores y vecinos, asistiendo los ministros sin el respetuoso traje” que era de rigor. “Que estas rondas sólo tenían el objeto de espiar al excelentísimo señor Presidente por los Recelo que tenían de que este quería hacer varias prisiones y evitar estas”. En estas circunstancias – la noche del 25 –, “ya estaban apostadas en la Alameda, Quebradas o Guaycos de los caminos de Guata, Tucsupaya y Recoleta” “los indios y moradores del Partido de Yamparáez”, concentrados desde luego Don Juan Antonio Álvarez Arenales.Don Manuel Molina, escribe al autor de “La Guerra de los Quince Años” en 5 de abril de 1863 y le expresa que las acciones de Reconquista y Victoria en Buenos Aires contra los ingleses “dejaron prisionero a Barresfort que escapó con Don Aniceto Padilla (cochabambino) dejando ya, una pequeña asociación establecida e iniciada para defender el interés por la independencia: entre los socios habían, según un acuerdo un Escalera (también cochabambino), el Dr. Bieytes, el Dr. Medrano y nos vecinos de Buenos Aires, que vivían cerca del retiro, con quienes se tenía correspondencia bajo los nombres del Tiburcio Parra y Tiburcio Viñas, tomados Ad limitum, y un hermano mío – le dice – Francisco Molina, venido de Buenos Aires, iniciado, y que estableció un pequeñísimo círculo – en Chuquisaca –, cuya reunión se hacía en casa del Dr. Benito Alzérreca (casa situada en la plaza mayor, donde en 1825, vivía Don Jorge Delgadillo). A este pequeñísimo círculo – dice Don Manuel Molina – “vinieron a iniciarse de La Paz, los Srs. Lanza y Sagárnaga, antiguos y conocidos patriotas”.

La “guerra fría”, comienza a convertirse en “caliente”.Pues, según se refiere el Guardián de San Francisco, inicia la ofensiva “el cuerpo de Abogados”, observando “las órdenes del Sr. Virrey y del Presidente – Pizarro que se propusieron contradecirla por “odio” a ellos. Como el alegato es patrimonio de los protegidos de San Ibo, con su gato a los pies – para quienes se meten en pleitos suelen salir arañados, los abogados iniciaron su “chicana” “pidiendo – al Cabildo – se les eximiese – de ciertas imposiciones – por privilegios y ocupaciones de su oficio”.
“El Presidente tuvo de este libelo, del estudio donde se forjó y del abogado que recogía firmas”.
“Con éste, y aún con copia del escrito, según dicen, produjo información para el esclarecimiento y con él se quejó donde tuvo por conveniente”.


Llega el mes de febrero de 1809 “el mismo Aníbarro hallándose de Rejidor electivo a pretexto de pedir testimonio de las actuaciones del año pasado para cubrir su conducta ante el Rey, renovó las gestiones sobre el Seminario. A principios de Marzo comenzó el Cabildo a tratar sobre esta bien premeditada presentación que en todo el mes no se pudo acordar sin embargo de ser muchas las sesiones que para el efecto practicó, que por tan largas cuanto extemporáneas fueron odiosas y escandalosas para todos los juicios que atildaban la conducta del Cabildo, pero muy celebradas para todos los que fomentaban no tanto a los desaires que en esto se le infería al Prelado, como la discordia y desunión del Cabildo”.

Encendida así la mecha del explosivo, en el Cabildo, pronto estallará la dinamita, en la Real Audiencia, con la “calumnia” – así calificada por el Guardián del Convento de San Francisco Fray Marcos Benavente – a la segunda saeta del “traidor” que vino con abonar los premonitores de la sublevación “en la semana santa”.

Pues, según el Señor Guardián, “se procuraba fomentar – en el Ayuntamiento – con el mayor estudio la detestable calumnia de que por traición se quería entregar esta ciudad – de los Charcas – a la Señora Princesa del Brasil y que para libertarse del Jefe – Pizarro – y el prelado Moxó – de los fieles vasallos que se lo podían impedir trataban de desterrarlos enviándolos – a los cabildantes – a Buenos Aires con la sumaria que aseguraban que estaba recibiendo el Jefe, para embarazarla y estorbar sus intentos, resolvió el cabildo ponerse bajo la protección de la Real Audiencia exponiendo los hechos que le hacían temer”.

Ref. Bibliográfica:

LA REVOLUCIÓN DEL 25 DE MAYO DE 1809. Emilio Fernández. Biblioteca delSesquicentenario. La Paz, Bolivia. 1975.
• GUILLERMO FRANCOVICH. “El pensamiento Universitario de Charcas y otros ensayos”.Universidad San Francisco Xavier. Sucre, Bolivia. 1948.