Juan Huallparrimachi

 

Uno de los personajes más fascinantes de nuestra guerra de la independencia en el Alto Perú fue el joven indio Juan Huallparrimachi. Era este un joven de muy bella y gallarda apostura, poco más que un adolescente, quien se incorporó a las huestes de Manuel Padilla y Juana Azurduy al mando de un regimiento de honderos indígenas quienes con el avezado uso de la “huaraka” rindieron servicios muy útiles a la causa patriota.
Huallaparrimachi parece haber tenido una genealogía extraordinaria puesto que era, según todos los indicios, hijo natural de Francisco de Paula Sanz, noble aristócrata potosino, que se decía a su vez hijo ilegítimo del Rey de España. Gobernador durante varios años y personalidad respetable de la rica ciudad minera, fue fusilado por Castelli cuando el primer ejército auxiliar argentino incursionó en el Alto Perú.
Como si estos antecedentes no fueran suficientes, Juana Azurduy insistió con vehemencia hasta el fin de sus años que la madre del joven cholo era a su vez descendiente directa del Inca Huáscar.
Era quizás inevitable que de esta mezcla de sangres reales, indígenas, nobles e ilegítimas no pudiera sino salir un espécimen extraordinariamente original. Huallaparrimachi fue un ser enigmático, heroico y a la vez romántico.
Su asombroso coraje durante los durísimos encuentros con el enemigo había echado fama en una vasta región. Era también un avezado baqueano, lo que le permitía indicar sendas inesperadas entre las montañas que favorecían la estrategia guerrillera de huir y esconderse para luego repetir los ataques sorpresivos y devastadores.
Se contaba que cierta vez que Manuel Ascencio Padilla había caído prisionero de los realistas, y estaba en capilla para ser arcabuceado y cuando su vida ya no valía ni un centavo, el joven indio, junto con Juana Azurduy, al favor de las sombras de la noche desarrollando una inteligentísima estratagema, lograron rescatarlo.
Cuando se daba la orden de atacar, Huallaparrimachi siempre iba por delante, dando el ejemplo con los dientes apretados, taloneando rabiosamente su caballo, con su honda girando letalmente por encima de las cabezas. Era alto, fuerte y musculoso y en los entreveros cuerpo a cuerpo era temíblemente eficaz, uniendo su alarido al aterrorizante japapeo de los quechuas y aymaras en guerra.

Luz que me despiertas cada mañana

Con la sonrisa rosada de otra aurora que llega
y, muy despacio, va dorando el cielo,
mientras un sol madrugador, entibia
del aire la caricia…

Mañanera, suave brisa,
si está mi amada despierta,
llévale este hato de besos,
que en mi boca tengo presos.
En cuanto llegas, amigo sol,
lo que la noche esfuma con su oscuridad,
se llena de vida, luz y calor.

¡Buen día, Apu-Inti! ¡Buen día, mi Dios-Sol!
No te vuelvas ardiente,
No la hieras quemante.
Sé bueno, tus rayos entibia.
Torna tu luz tan suave,
que hasta su rostro llegue,
cual tímida caricia, como ese beso leve,
¡que mis labios ansiosos,
a darle no se atreven!

¡Apu-Inti, del mundo todas las maravillas
con ti despiertan y ellas son mis amigas!
¡Buenos días, aurora clara!
¡Buenos días, quieta montaña!

¡Al sol, toda de oro, y en la noche, de plata!
Buen día, cielo limpio con sol recién nacido,
pasto flor, río calmo, arroyo cristalino…

A ti arroyo, te hablo:
corriente de agua clara, tú que copias su imagen
y la llenas de besos, cuando la baña tu agua,
¿No te das cuenta cuán feliz eres?

Hoy otro día nace, donde todo está riente,
Y como todo es un sueño dichoso y transparente,
mi alma enamorada le envía su saludo.
Se ha dormido mi pena, Se la llevó la noche.

¡Al arribo del día mi dolor queda mudo!


Pero por sobre todas las cosas el joven quechua era un poeta  

Irpillarajmin, urpiy carckanqui

Maypachan ñocka

Intihuan jina ñausayarckani

Ckahuaycususpa.

Pichoncita eras aún, paloma mía,

cuando, como el sol

me deslumbraste.

Ñahuayquicuna ppallallaj ckoillor

Llippipipispa

Laccaytutapi, hillapa jina

Musppachihuancu.

Tus ojos, titilando cual estrellas

en la noche oscura

fueron el relámpago

que me hicieron delirar.

 Entre la muerte, la desdicha, el terror, surgían versos platónicos y románticos que Huallaparrimachi dedicaba a una enamorada anónima que es de sospechar fuese la mismísima doña Juana. Ésta, que según quienes la conocieron jamás hubiese osado serle infiel a Padilla, apreciaba y escuchaba con atención  las composiciones en quechua del joven indio, que solía musicalizarlas con su quena.

 Ña, ñockapajka, inti tutayan

Yuyay chincajtin

Musppa purejtij mananampipis

¡Alau! Nihuancu

Ya para mí el sol no brilla.

Ando loco y delirante,

y nadie me conoce, ni saluda

diciéndome, ¡Hola!

Ancay lijranta mañaricuspa

Llantumusckayqui.

Hayrahuan ppahuanayayman

Prestándome alas del cóndor

te haré sombra.

Con el volar del viento

te acariciaré.

Causayninchajta quipuycurckanchej

Manam Huañuypis

Ttacahusunchu, Huiñay-Huiñaypaj

Ujllamin casun.

Nuestras vidas enlasamos

y ni la muerte

nos separará. En la eternidad

Uno solo seremos.

 El indiecito, casi seguramente nieto de rey y descendiente directo de inca, murió como se moría entonces, como no podía dejar de morirse en esa tierra inhóspita infestada de odio y de paludismo, de venganzas y de penurias, tan intensos como blanca era la nieve del Illimani y como azul era el cielo de los inviernos, como casi inevitable era que muriesen las almas nobles adornadas de coraje y de sensibilidad. El 2 de Agosto de 1814, en el cerro de las Carretas, murió con el pecho destrozado por un lanzazo. La idealizante tradición, quizás la verisímil historia, dice que fue por evitar que esa misma lanza hiriera a doña Juana, quien se batía desesperadamente contra la partida realista que los había sorprendido en medio de la noche. 

Huañuyta maskaj, ñocka riscani

Auckanchejcuna

Jamullanckancu, pucrancura

Jalatatajmin.

Voy en busca de la muerte.

Nuestros enemigos

ya vendrán

levantando sus campamentos.

Illarejpacha pputiy ayckechej

Maypipis casaj

Ckanlla sonckoyta pparackechinqui

Causanaycama.

Mientras te encuentres en este mundo

harás huir la pena, y donde

me encuentre, tú sola harás

latir mi corazón.

Misti ckkajajtin lansatataspa,

Yuyaricunqui

Mayjinatachus ckanraycu kkajan

Ijma sonckoycka.

Cuando arda el Misti, vomitando

fuego, te has de acordar

cómo para ti arde

mi corazón oprimido.

 De la obra “El Grito Sagrado” de Pacho O’Donnell – 9ª. Edición – Agosto 1998 – Editorial Sudamericana – Buenos Aires.