Romance de la Patria Chica


Germán Zelada Urioste

Un Marqués conquistador
hincó la Cruz en el suelo
y en nombre del rey cristiano
puso argamasa al cimiento
de la que sería la cuna
del riquísimo entrevero
entre Charcas y españoles,
entre blancos y morenos.

Apenas los confrontaron,
los diestrísimos honderos
desmontaron con guijarros
a barbados caballeros;
mas pudo poco la piedra
rebotando contra el hierro.

Primó de inicio la fuerza
del invasor en su empeño
por conseguir la riqueza
para sí y para su reino.
Cuando cruzaban sus armas
los valerosos guerreros,
las sangres de las dos razas,
de los odios en desmedro,
acunaron a la estirpe
del pueblo de mis ancestros.
De esa mezcla singular
tiene savia el abolengo
de Sucre, la Capital,
primera desde el comienzo.

Allí se fundió la casta
del invasor europeo
con la del indio cobrizo
para eterno parentesco.
Allí hicieron sus fortunas
mercaderes y azogueros
y construyeron sus lares
hidalgos como pecheros.
De allí se cantearon piedras
para edificar los templos
y cal pura enjalbegó
los claustros de los conventos.
Del lugar a la frontera
se difundió el evangelio
para bautizar al indio
y estampar cristiano sello.

De Charcas la Gran Audiencia
tuvo enorme lucimiento
y con muy grande extensión
duró siglos su apogeo.

Allí, la Universidad,
con el pensamiento nuevo
de patriotas y doctores
se trocó en el epicentro
del seísmo libertario
que hizo temblar al ibero.

Allí pelearon quince años
los valientes montoneros
regando con sangre brava
los rellanos y los cerros;
allí estuvo su estandarte
tremolado por los vientos
como retando a la muerte
sin ceder jamás terreno.
Siendo mujer, en la brega,
de todos ganó el respeto;
siguió Juana hasta la muerte
al mártir Manuel Ascencio.
Allí Juan Huallparimachi
en quechua compuso trenos.
Por sus calles cabalgaron
un día los abajeños,
unos pelearon valientes
pero muchos desistieron;
porfiaron más de una vez
y fallaron sus intentos.

Sin que nadie lo llamara,
un hombre de pelo crespo,
con el poder de su espada
y apoyado en un decreto
dijo que el alto peruano
de su destino era dueño.

Ni peruanos ni platenses,
por decisión y derecho
se llamaron bolivianos
desde entonces los abuelos.

Las rencillas intestinas
y otros acontecimientos
los hicieron resistentes
a mandones altaneros.
Por causa de la vileza
que concibiera un engendro
se desató la contienda
que cortó el lazo fraterno;
aún rezuman las heridas
que se abren por el recuerdo
de los del “Lugentes campi”,
muertos del “Primer Crucero”.

En las guerras desgraciadas
las batallas los curtieron.
Con bayoneta calada
frenaron a los adversos
en la defensa del mar
que arrebatara el chileno
y en los zarzales del Chaco
sobre arenales de fuego.
En desiertos y tuscales
están dispersos sus huesos
pero sus almas benditas
se cobijan en los cielos.

Nacidos para la lucha,
hasta en los tiempos modernos
pelearon por la equidad
con valor y con cerebro.
Por la capitalidad,
en las faldas de los cerros
guardianes de su ciudad,
se enfrentaron al averno.

La enseña de San Andrés
ensangrentó su crucero
cuando se abrieron las venas
de tres de sus hijos muertos.

De no restañarse heridas
no cesará el izamiento
de la alba con la equis roja
con crespón negro de duelo.
De no haber satisfacciones
y devolverse los fueros
no cejará en el combate
el pueblo chuquisaqueño.

Por Chuquisaca y por Charcas,
primero la conocieron
y luego La Plata y Sucre
recibió en el bautisterio.

Bajo su suelo bendito
duermen el eterno sueño
los restos de mis mayores
y es por eso que deseo
-el buen día en que sucumba
y termine mi destierro-
sentir caer las paladas
de tierra sobre mi pecho;
¡Con tierra de Patria chica
quiero mi cuerpo cubierto!
Entretanto eso suceda…
le hago llegar estos versos.